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María Piñeiro, redactora de El Progreso, especializada en sanidad, chinista y autora de la sección El Portalón.

Con quien hay que hablar

UNA NOCHE electoral de hace mil años, en unas elecciones que ganó el PP como todas por aquel entonces, Cacharro ofreció vino a todo el que se presentó, por devoción u obligación, en el chalé que su grupo tenía en San Roque, una casa de la familia Adams tan desvencijada que parecía necesitar solo de un estornudo para el derrumbe. El vino era malísimo y en la etiqueta había una foto con su cara, la cara que tenía años atrás. Estaba feliz y no paraba de recibir abrazos y palmadas en la espalda. Estaba arropado por los suyos. Esos eran los momentos que certificaban lo que todo el mundo sabía que era: el hombre con el que había que hablar para conseguir algo en esta provincia, ganar unas elecciones o engravillar un camino. Nunca volví a ver una escena así, en la que estuviera tan acompañado.

Si hubiese que creer, si hubiese que tener fe en lo que se decía de él -y él alimentó, encantado- no hay punto de luz, ni contenedor, ni bache asfaltado que no contase con su intervención. No hay hijo de alcalde, cuñado de popular, sobrina de pedáneo, mujer de concejal que no trabajase gracias a él. No hay fiesta patronal, feria gastronómica, muestra artesana, exaltación vitivinícola que no floreciese bajo su auspicio. No hay carretera, no hay industria, no hay campus, no hay deporte ni de base ni profesional, casi no hay ni provincia si no llega a ser por él. Los lucenses nos habríamos extinguido de no ser por la providencial llegada de este nacido en Guarromán, de este, y ahora ya sí se puede decir, político de los que ya no quedan.

Fue un hombre listo y pragmático, que consiguió (y supongo que hay gente muy recordada por mucho menos) articular una red invisible de necesidades cubiertas a base de favores, favorcitos y favorazos -puro clientelismo, vamos- cayendo no muy bien, atemorizando bastante y reforzando el poder de la única persona de la que realmente se fió siempre: él mismo. Parecía capaz de ir a cualquier guerra y ganarla con el ejército de agradecidos que intentó mantener permanentemente, solo repasando su libro de contabilidad formaría batallones y batallones, de tantos que eran los que le debían algo. Si no conocías a alguien que le tuviera que pagar un favor, es que no eras de Lugo.

Si no conoces a nadie que le debiese un favor a Cacharro, es que no eres de Lugo

Parecía un hombre seguro. Seguro y hasta sobrado, que se comportaba como si fuera más alto de lo que era, más guapo de lo que era, más importante de lo que era. A los lucenses nos habían dado unas gafas para verlo así y, a partir de Pedrafita, se convertía en un señor bajito y hasta gris, que calentaba el sillón del Senado para gozar de los privilegios de aforado y que esperaba a estar en provincias para declararse en contra de decisiones cuestionadas de su partido: esta subida de impuestos, aquella guerra de Irak.

Eso le encantaba: el sonido de su propia voz, dar su opinión en público sobre cuestiones en las que no podía intervenir, dejar caer unas gotas de presunta intelectualidad en prosaicas ruedas de prensa destinadas a contar, por enésima vez, alquitranados, tendidos eléctricos y fiestas. Un día preguntó a un grupo de periodistas incautos sobre la posibilidad de hacer una rueda de prensa semanal sobre la comisión de gobierno de la Diputación, esa Administración omnipresente en Lugo cuando en el resto de España ya llevaban tiempo preguntándose para qué demonios servía. Aquí no, aquí la gente podía no saber el nombre del alcalde, pero el de Cacharro no se olvidaba. Los periodistas dijeron que sí y sufrieron desde entonces castristas ruedas de prensa de hora y media el día más liado de la semana, como si no hubiera otra cosa en el mundo. Daba titulares para todas las secciones, de Local a Nacional, de Economía a Deportes, de Negueira de Muñiz al desierto de Faluya.

En los plenos era cruel. Contenido, pero dolorosamente mordaz. Nadie ganaba en su reino, ni aunque tuviera razón. Cuando la Audiencia condenó a un alcalde popular por lo que consideró malversación del plan de obras provinciales y en el fallo puntualizó que, en realidad, consideraba que el propio plan era el problema, como instrumento caciquil que era llamándolo «la tentación que vive arriba», la oposición le arreó sin descanso y él, que como siempre había librado, se la quitó de encima con frases de tres palabras.

Muchos de sus diputados, cocidos por la comilona previa en La Barra, se despertaban solo para reírle la gracia y seguir durmiendo hasta el momento de votar.

No creo que fuese muy de boina (y tampoco de birrete). Siempre lo vi más con un sombrero discreto, de señor de provincias

Era, por tanto, fácil creer en su poder. Creer que el birrete podía decir misa, pero la bendición la daría él. Nunca me pareció acertada esa distinción. No creo que fuese muy de boina (y tampoco de birrete). Siempre lo vi más con un sombrero discreto, de señor de provincias que se endominga para comulgar y tomar el vermú: ligeramente leído pero no intelectual ni, líbreme dios, bohemio.

Tenía muchos de esos tics aburguesados e inútiles. Una campanita sobre la mesa, al lado de los micrófonos; una señora bedel en la puerta cuatro horas de pleno solo para pedirle agua, un despacho lleno llenito de regalos sin abrir, la mayoría figuras de Sargadelos; un piso dentro del Pazo de San Marcos, con ascensor directo desde el garaje para las jornadas de trabajo tardío y donde las malas lenguas llegaron a decir que había hasta jacuzzi.

Pero no era Baltar. No llamaba la atención, no tocaba el trombón, no era festeiro ni campechano, no se reía con la boca abierta, no le daban abrazos los paisanos. Era, como se vio, mucho más listo. El hombre cuya foto muchos creían que debía aprovecharse para ilustrar la palabra cacique en el diccionario se retiró discretamente y logró que la justicia le resbalase como la lluvia sobre un impermeable. En estos tiempos, sí visitó el juzgado pero al final fue solo eso, una visita.

Creo que pasó sus años de ocaso pensando cómo podía ser que nadie hubiera aprendido nada de él, que nadie se hubiese quedado con su legado más importante: esa acumulación de poder sin más consecuencia posterior que la del olvido.

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