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María Piñeiro, redactora de El Progreso, especializada en sanidad, chinista y autora de la sección El Portalón.

Una chaqueta de otoño

El otro día me puse una chaqueta de otoño. Hay varias pistas en virtud de las cuales un lucense puede percatarse de que está en presencia del otoño: se habla del San Froilán sin parar, la planta que cubre el muro junto al pabellón viejo comienza a ponerse espectacular, las manzanas Akane llegan y se van. Viendo que se daban todas esas circunstancias me vi validada para ponerme la chaqueta.

Sin nombreLo que siento por la ropa de otoño es verdadero apasionamiento. No tanto por vestirla —porque lo que me gusta es el pijama— sino por vérsela a los demás. Estáis más guapos en otoño, cuando todavía recordáis el verano y aún no tenéis el aspecto michelínico por el acolchamiento que exige el invierno, con esas caras pálidas y desabridas que se os ponen a todos menos a los que salen en el Hola. Para los privilegiados siempre es verano en algún sitio.

Llegados a este punto, yo ya no puedo ver cine que transcurre en la playa, con gente en bañador, en terrazas de Saint Tropez, en encaladas islas griegas. Cómo se atreven esos protagonistas a aparecer así, despreocupados como rentistas americanos en el Tánger del siglo pasado. Yo tengo que ver películas que transcurren en el gris París —con gabardinas y bufandas, con boinas o con solapas erguidas como las llevaba Camus en la foto que a todos nos gusta— o preferentemente, en la campiña inglesa. Necesito visiones de tweed e impermeables, jerseis de lana escocesa llena de bolas, botas de agua, niños de uniforme. Me valen fotos y documentales, me vale la historia. Me conviene el imponente gordo de Churchill con sus pantalones de tiro alto e incluso la reina, pertrechada en su eterno Barbour y pañuelo sobre esa construcción de rizos a la que llama peinado. A todo digo que sí.

En fin, que me puse la chaqueta y, por un segundo fue como cualquier otro otoño. Hay objetos con una capacidad evocadora que me avergüenza, que me produce culpa capitalista, la de atribuir a las cosas cualidades que solo tienen las personas. Metí las manos en los bolsillos y en el derecho noté con el índice un agujero en el forro, que seguí como un Goonie entrando en la gruta. Del fondo del dobladillo rescaté mitad de un ibuprofeno, un recibo del cajero de hace tres años y un billete de cinco euros doblado como origami. A veces pasa eso, a veces la ropa actúa como el sofá de la casa de tus padres, trayéndote de entre sus pliegues una paga extra. Pero la alegría no es igual por una circunstancia clave: en sofá ajeno el dinero que te encuentras también lo es, en la ropa es tuyo y para dar con él has tenido El que gano trabajando y el que me encuentro en sofás ajenos y chaquetas propias. Ese. Solo es peor cuando te indican que a ti esa operación no te cuesta nada pero sí tiene un coste para tu banco. Voy a sentir yo ahora culpa cristiana por maltratarte así, banco mío. En ese estado de semicabreo, que un poco es mi estado natural porque para eso siempre encuentro razones, salí a la calle a veros con vuestras lanas y gabardinas, pisando charcos y refunfuñando por la grisura del cielo. Pensé en qué buena pinta teniáis y en que, en tres años, en el dobladillo de las chaquetas de otoño nos encontraremos, en gurruños, mascarillas. que perderlo previamente, es un disgusto que contiene dentro la promesa de una alegría futura, un cierre kármico.

Estiré el billete, un poco desvaído porque ya había pasado por la tintorería al menos una vez, y me lo guardé con muchísima satisfacción en la cartera, como si se me hubiera pagado lo que se me debía. Abrí después el recibo, del que ya no se leía apenas nada. No sé a qué correspondía, pero el banco me informaba de que era una operación libre de comisiones. Me resulta difícil explicar lo mucho que me molesta esa coletilla, cuánto me saca de mis casillas que se jacten de que no me cobran por dejarme disponer a placer de mi dinero. Mi dinero. El que gano trabajando y el que me encuentro en sofás ajenos y chaquetas propias. Ese. Solo es peor cuando te indican que a ti esa operación no te cuesta nada pero sí tiene un coste para tu banco. Voy a sentir yo ahora culpa cristiana por maltratarte así, banco mío.

En ese estado de semicabreo, que un poco es mi estado natural porque para eso siempre encuentro razones, salí a la calle a veros con vuestras lanas y gabardinas, pisando charcos y refunfuñando por la grisura del cielo. Pensé en qué buena pinta teniáis y en que, en tres años, en el dobladillo de las chaquetas de otoño nos encontraremos, en gurruños, mascarillas.

Una chaqueta de otoño