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María Piñeiro, redactora de El Progreso, especializada en sanidad, chinista y autora de la sección El Portalón.

Bombones

De la vida habitual nos vamos a pasar entrando y saliendo, al menos, un año más

El día que anunciaron especiales restricciones covídicas para mi barrio, nada más bajar a la calle un chavalillo de unos trece años me llamó bombón cuando nos cruzamos. Para hacerlo se bajó la mascarilla, quizás con la convicción, como tantos, de que el sonido no es capaz de traspasarla. Todo mal ahí. Sé que parece imposible esto que cuento, siendo lo más improbable de todo que un preadolescente use la palabra ‘bombón’ y encima me la dirija a mí. Estoy de acuerdo y, sin embargo, así ocurrió.

Sin nombreYa lo había visto unos días antes, una noche de esas en las que se funde verano y otoño, cuando hace calor y fresco a la vez, en remolinos, la perfecta milhoja agosteña. Yo estaba en una terraza y él paseaba con su camiseta blanca de tirantes, fumándose un cigarrito. Atuendo eterno y actitud antigua, ‘desmascarillado’, cogiendo el pitillo con el índice y el pulgar, mirando al horizonte pensativo, azotado por tormentas interiores como un Marlon Brando en miniatura. Ahí va un hombre clásico de trece años, pensé. Llegado a este punto tengo que decir que quizás tenga 19, calcular edades no es lo mío, todas me sorprenden.

Al día siguiente, mientras se hacía el café, miraba por la ventana. Sé que lo hice porque es el lugar en el que cada día enfoco la mirada y espero a recuperar la voz. Nada más levantarme nada me funciona bien todavía. Ahí es cuando me acuerdo de vosotros y os imagino en las mismas. Soy de esa clase de personas que piensa en el destino colectivo de la humanidad cuando hace cosas que no quiere hacer, como levantarse, pero a la que se le olvida enseguida cuando hace las que quiere hacer. Para el disfrute soy individualista y exclusiva: si me estoy bañando en el mar y me acuerdo de que hay gente recalentada bajo el fluorescente de la oficina me relamo. Soy, en fin, gentuza.

Al otro lado del cristal veo los cuatro gatos negros de siempre, ahora crecidísimos, colocándose al calor del tejado de uralita. Estos hermanos, callejeros y sin collar, tienen el pelo tan lustroso que desde la ventana y aún con la mirada a mitad de descarga se les perciben los reflejos. Cada uno se aposenta en una de las hendiduras y aquello parecen unos canelones gatunos.

Todo transcurría en un silencio a deshora porque cerrar terrazas y bares le ha bajado el volumen al barrio. Cuando se decretó el estado de alarma se percibió como algo radical, una mano que gira la tuerca del volumen y lo deja a cero, la policía llegando a una fiesta y acabando con todo. Ahora ha sido más gradual. Empezó como un murmullo la tarde en la que se anunció y esa noche el silencio ya imperaba.

Desde entonces, las mañanas parecieron amortiguadas, todo ese jaleo que es el despertar de un lugar de paso se redujo. Se oían coches pero no sillas arrastrándose ni el tintineo de la loza contra las bandejas ni el runrún de las conversaciones de los otros. Quedó claro que nadie se lo esperaba porque el silencio es una de las reacciones típicas cuando te sorprenden a disgusto.

Llevamos mal los cambios. Iba a escribir ‘llevo’, pero como no me parece que eso sea una virtud, nos la voy a atribuir a todos por aquello que dije antes del compartir lo malo. Decía Pla sobre las patronales de su pueablo. "Me declaro partidario de la vida cotidiana, de la habitual. Vas a tomar café y no se sabe en qué café lo tomas". Imaginemos que le hubiera tocado a ese joven señor que era cuando escribió ‘El cuaderno gris’ un brote de covid. Pues mira, Josep, en ninguno.

Ayer me levanté y todo igual. Cafetera, ventana, enfoque de vista, gatos en uralita... Pero también todo distinto. El volumen ya recuperado, sillas otra vez arrastrándose y sombrillas desplegándose. Había vuelto la vida cotidiana, la habitual, de la que nos vamos a pasar entrando y saliendo al menos un año más.

No desesperemos, bombones.

Bombones
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