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María Piñeiro, redactora de El Progreso, especializada en sanidad, chinista y autora de la sección El Portalón.

Bailar claqué

En ningún lugar se celebra mejor que dentro del cine musical

ENTRE LAS cosas que sé que haré alguna vez en la vida, no cuándo ni dónde, pero en algún momento y donde cuadre, está bailar claqué. Perdón. Entre las cosas que sé que haré alguna vez en la vida, no sé cuándo ni dónde, pero en algún momento y donde cuadre, está bailar claqué mal. Que una cosa es la certeza y otra el autoengaño.

Bailar claqué, la perspectiva de hacerlo, la seguridad de que me veré a mí misma con esos zapatos de base metálica haciendo música con los pies (mal), me reconforta muchísimo. A medida que pasa el tiempo cada vez más porque es una convicción que me acerca a la persona de siempre, a un anhelo lejano y sostenido en el tiempo, consistente, que como una buena harina me espesa la existencia y me la hace más presente, más difícil de dejar que se escurra entre los dedos y no vea a donde va a parar.

Cuando era pequeña pensaba que de mayor aprendería a bailar claqué como se piensan las cosas inevitables de la vida: que crecerás, que en vez de ir al colegio tendrás que ir al trabajo todas las mañanas, que tendrás que pagar facturas, que suspirarás después de oír al presidente del Gobierno. Lo contemplaba casi como con resignación, para qué luchar contra el destino. Ahora, que sé que de los planes más codiciados es mejor no hablar, o al menos no insistir porque corres el peligro de no hacerlos, guardo una certeza idéntica, con esa misma inevitabilidad infantil. El cerebro es traicionero y cuando te dedicas a anunciar que vas a hacer tal cosa, registra ese anuncio, el mero hecho de comentarlo, como si fuera el primer paso de una acción. Te parece que has empezado a hacerlo solo porque has dicho que lo harías, vienes a creer que el proceso está en marcha, te tranquiliza haber comenzado, a veces hasta el punto de que nunca encuentras el momento de empezar de verdad. Abandonas tras el duro trabajo de comentar tus planes, como si esa labor ya te dejara rendida.

Qué bien se vive en los musicales, cómo se entiende a sus actores cuando estás feliz y la vida te va bien


Con el claqué, lo sé, no me va a ocurrir eso. Contarlo no es un exorcismo para olvidarlo, para renunciar a ese objetivo siempre fresquísimo, como uperisado hace cien años y conservado en un lugar seco y oscuro, a salvo. Ya no sé ni cuándo. Probablemente ante la visión de Gene Kelly y su paraguas, agarrado a la farola, saltando sobre esos charcos en los que tuvieron que mezclar leche para que el agua pudiera verse en pantalla. O quizás de Fred Astaire, señor alargado como un Giacometti que mostró como nadie una característica maravillosa del claqué: la posibilidad de que torso, cabeza y brazos no manifiesten nada del movimiento de piernas y pies, como si el tren superior no supiera que el inferior está bailando. O puede que fuera con Cyd Charisse, cuyas piernas asombrosas se llenaban de moratones cuando rodaba con el primero, achaparrado y cachas, para el que bailar era un deporte o seguían impolutas cuando lo hacía con el segundo, tan ligero y tan El Greco. O incluso con los musicales trágicos de Bob Fosse, con Cabaret o con All that jazz, que son un prodigio de subidas y bajadas, de ánimos y desánimos, de canciones alegres para tararear cuando todo va mal.

Qué bien se vive en los musicales, cómo se entiende a sus actores cuando estás feliz, cuando la vida te va bien y algo que esperabas acaba justo de pasarte. Tú también querrías entonces salir a la calle voceando y hacer que esa señora tirase el bolso, despreocupada, para girar un rato contigo sobre la acera antes de irse dando vueltas como una peonza a los brazos de otro viandante, bailarín de coro en tu escena. Te subirías después al capó de un coche para marcarte unos pasos, para inclinar el cuerpo hacia adelante y correr un rato en el sitio, sonriendo como si te hubieran cosido las comisuras. Resbalarías por el cristal, con un pie adelantado haciendo de tabla de surf y saltarías encogiendo las piernas para aterrizar en un primerísimo plano, bien plantada con los dos pies en el suelo, los brazos en cruz, el mentón erguido, la sonrisa abierta. Eso sí que es celebrar como se merece.

Algún día aprenderé a bailar claqué y celebraré así algo bueno. Todo lo haré bailando mal, por supuesto, pero no tendrá demasiada importancia. De mí se podrá anotar lo mismo que se registró de Astaire después de su primera prueba de pantalla: "No sabe actuar. No sabe cantar. Calvo. Sabe bailar un poco". Menos lo de calva. Lo de calva, mejor no. Los sueños no han de ser tan literales.

Bailar claqué
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