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María Piñeiro, redactora de El Progreso, especializada en sanidad, chinista y autora de la sección El Portalón.

Años y años

Los caminos de Marcos López Pantoja y András Toma se me cruzaron estos días y me acabaron pareciendo el mismo

MARCOS LÓPEZ Pantoja viste con traje y, de corbata, luce un nudo de esos vaqueros, como si fuera un un magnate del petróleo tejano. Encima lleva dos colmillos de lobo insertados en un cordel, lo que lo saca del papel y lo lleva al motivo de que estemos hablando. 

Es de esas personas a las que vas a entrevistar y casi a cada pregunta responde que eso no te lo puede contar en ese momento, que sería muy largo, que estaríamos hasta mañana, que si no has visto la película sobre su vida, que eso sale en ella. Acto seguido, te lo cuenta. La escena se repite una y otra vez, es casi un ejercicio de calentamiento. Lo esperas, lo escuchas, lo dejas atrás. Pero es verdad que hay cosas que son muy largas de contar, es verdad que estaríamos hasta mañana. Por tanto, me volví sin tener claro exactamente cómo acabó viviendo doce años de su infancia y adolescencia en el monte, con lobos; cómo él, un niño que iba para cabrero, se unió precisamente al animal que se supone el principal enemigo de aquel al que cuidaba.

Pero sí me contó una de las cosas que más me habían llamado siempre la atención de su historia: que al volver a la civilización no hablase, que no supiera ya comunicarse. Según me dijo, era capaz de reproducir las palabras pero no recordaba qué significaban, tenía la boca entrenada para los sonidos pero su cabeza había olvidado cómo interpretarlos, repetía lo que decían los otros, respondía a las preguntas con la misma pregunta. Se supone que convocaba a los lobos con un aullido, pero no sabía cómo saludar a un humano. 

Esos mismos días volví a leer sobre el caso de András Toma contado por Carrère. Toma fue el último prisionero de la Segunda Guerra Mundial, un soldado húngaro apresado en su veintena en los últimos años de la contienda, que acabó pasando más de 50 años en un psiquiátrico ruso sin comunicarse con nadie. Solo hablaba húngaro, insistentemente. Nunca aprendió ruso y nunca nadie le habló en otro idioma que no fuera ruso, así que se habló a si mismo en su lengua, escribió en su lengua y lloró en su lengua. Pocas crueldades imagino peores que ese castigo al ensimismamiento de un enfermo mental. 

María Piñeiro
Cuenta Carrère que en la historia clínica de Toma el húngaro pasó a ser un síntoma, que la anotación más repetida era que solo hablaba ese idioma, esa resistencia a no dejarse impregnar por la lengua extraña en la que hubiera podido ser entendido al fin, que nadie llamó a alguien que supiese húngaro para saber de él. Total, era un loco que no importaba a nadie. 

A veces pasamos tan rápido por todo que el tiempo se vuelve un número insignificante. Pienso en la historia de estos hombres y hago una parada para concentrarme y que no me ocurra. Me digo: doce años en el monte, doce años, todas esas noches frías, las heladas, el hambre y el miedo, la extrañeza de que nadie se parezca a quien tú eres, esa soledad extrema, doce años creciendo y olvidando, la certeza de que nadie te busca ya, doce años de abandono. Después me digo: más de cincuenta años de vida ininteligible, la vejez que llega sin que entiendas nada, querer decir y no ser escuchado, escribir en las paredes, escribir en los muebles, cantar canciones que nadie conoce, enfermar y que te corten una pierna sin que sepas que lo van a hacer, despertar sin ella y que no te expliquen nada, cincuenta años en ese lugar al que no llega nadie.

Hannah Arendt dice que la patria es la lengua materna. András Tomas no quiso abandonarla nunca. Temía, si cambiaba a otra, no poder regresar a la suya. Marcos López Pantoja la ignoró para sobrevivir, para seguir adelante, y cuánto le costó volver. Sus historias casi me parecen la misma, un camino que se abre en dos y cada uno toma una bifurcación. 

En todo eso pienso cuando Marcos me dice que se acabó, que ya no me cuenta más, que eso que le pregunto está en la película, que se quiere tomar un café y que si me lo cuenta estaríamos aquí hasta mañana. 

Se incorpora de un salto y, camino de la cafetería, me lo cuenta.

Años y años
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