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María Piñeiro, redactora de El Progreso, especializada en sanidad, chinista y autora de la sección El Portalón.

A dieta

Del chorreo informativo diario nunca, y menos en un año pandémico, se sale indemne

Siempre considero lo que dicen mis amigos de mí, le doy una vuelta a las cosas que me atribuyen por si son ciertas, como externalizando el conocimiento de mí misma. Por ejemplo, hace unos años me contaba uno sobre otro que tenía un tipo muy claro de mujer que le gustaba, que era así, que era asá. Yo dije que cómo tener tal cosa, que te gusta Juanita o Pilarita, pero que era imposible ‘tener un tipo’. La gente lista, la gente alegre de vivir, esa es la gente que nos gusta, pero ‘un tipo’, insistía yo, qué ridiculez. "Pero qué dices, si tú tienes un tipo clarísimo". "Cuál", quise saber yo. "A ti te gustan gordos y feos", me espetó, convencido. Lo niego rotundamente. Yo no tengo un tipo de nada salvo de amigos. Me gustan crueles y despiadados, aparentemente.

A lo que la gente dice y piensa, ya se sabe, hay que prestarle una atención relativa. Hay que hacerle un caso de horóscopo, concretamente, seleccionando lo que nos conviene. ‘Acuario, vas a brillar con luz propia’. Cierto, a favor, irrefutable. ‘Acuario, sufrirás una dolorosa traición’. Supercherías, consuelo para ignorantes, una vulgaridad.

MxLo que pasa es que lo que nos conviene no tiene por qué ser exactamente lo que queremos, un clásico. Este es otro de esos aprendizajes repugnantes de la vida adulta. Yo me pasé la infancia convencida de que ser mayor era jauja porque al salir de trabajar no tenías que hacer deberes (jajajajajaja), sin que nadie me sacara del error salvo el mero crecer. Eran para mí los niños los más sufridores, explotados prolongadamente más allá del colegio y rodeados de mayores que se divertían viendo el telediario en pantuflas. Las noticias eran sus dibujos animados, creía yo, les pasaban por encima sin tocarles ni turbarles. Pensaba que veían las guerras y los nuevos proyectos del Gobierno con la mente en blanco, en verdadero reposo, con el trabajo del día ya cumplido, y salían del chorreo noticioso indemnes. Yo creía esto de verdad y eso que fui una niña que empezó a leer Mafalda mucho antes de entenderla.

Así que, qué deseé: hacerme adulta observadora de noticias y que no tiene deberes. Qué soy: adulta obsesa de las noticias que se las toma como deberes. Dónde se me torció la cosa, quién sabe.

Lo que vengo a decir aquí es un descubrimiento del hacerse mayor que me ha costado asumir: de la ola diaria de noticias no se sale como se entra. Hay que racionarse. Son, al mismo tiempo, deberes y droga. Mira tú qué cosas, pensaréis, viene esta pava, más que pava, a contarnos la obviedad de que saber lo que ocurre en el mundo nos afecta, que no nos deja indiferente el horror, el dolor, a veces la alegría, de estar aquí en este siglo XXI y, encima, en este año pandémico. ¿No seré yo el amigo cruel y despiadado que os desentraña? ¿Tengo además el cuajo de, siendo periodista, aconsejar un consumo diario pero meditado de las noticias? Lo soy, lo tengo. Lo siento.

Más que nunca tengo clara una paradoja: hay que estar informados para informarse bien. Si se quiere elegir con tino el dónde y el cuándo, hasta qué punto, qué cosas se necesitan saber, qué cosas interesa saber y qué cosas son una absoluta pérdida de tiempo hay que aprender, hay que prepararse, hay que fastidiarse. La dieta informativa sana y equilibrada es complejísima y a mí me sale regular. Intento no darme atracones porque salgo de ellos drenada de energía, tristísima y recordando, como mucho, una quinta parte de lo leído. Vivir de espaldas a lo que pasa no es para mí una opción por razones evidentes, pero también por inconcebible. Ante la opción de saber o no saber, siempre elijo saber.

Por eso me pongo aquí a traer consejos que para mí no tengo, como esos amigos que te desentrañan los vericuetos de tu vida sentimental en un plis plas sin que tú opines nada, nada, Alá te libre de tal cosa, de las petardas de sus novias.

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