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Una pista de tierra

Michael Jordan no tiene un Messi o un Pelé que le discuta el trono. Es el mejor. Yo soy más de Larry Bird, pero Jordan es el mejor. Del mismo modo que sobrepasaba los límites de la física en la pista, ha dejado atrás su condición de humano para convertirse en una estatua en vida. Cuando se va a dormir no se mete en cama, descansa en un póster pegado en la pared. He seguido sus andanzas desde una madrugada del verano de 1984 en la que siendo un niño trasnoché para disfrutar de una final olímpica. He visto sus partidos, sus retiradas, los vídeos de sus mejores jugadas (mil veces) y sus documentales, como el que acaban de estrenar en Netflix; un repaso a su último título que esconde una frase de esas que actúan como un sopapo. La dice el hermano de Scottie Pippen, el eterno lugarteniente de Jordan, cuando habla de su infancia en una humilde familia numerosa de un pueblo de Arkansas. Cuenta que jugaban al baloncesto en una pista de tierra y que vivían con lo justo, pero que eran felices porque no sabían que eran pobres. Medio aturdido apreté el botón de ‘pause’. Miré por la ventana, vi las calles vacías y recordé aquellos días no tan lejanos en los que no sabíamos que éramos ricos.

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