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Un mundo imperfecto

A lo mejor es porque ha pasado por una clínica para desengancharse de la cloroquina, pero el caso es que este miércoles Donald Trump empezó a entender la gravedad de la pandemia que afecta al mundo entero y, en especial, a su país. Después de más de cuatro millones de casos y más de 150.000 fallecidos, el líder del mundo libre (así es como les gusta llamarse a quienes duermen en la Casa Blanca) ha articulado un discurso similar al que reina en el resto del planeta a excepción del Brasil de Bolsonaro, otro consumidor de cloroquina que ahora mismo lucha contra el coronavirus y que probablemente cuando regrese al primer plano adopte una estrategia similar a la de Trump, como lleva haciendo con todo desde que se le ocurrió la idea de presidir su país. "Llevar mascarilla es una cuestión patriótica", dice la máxima autoridad de Estados Unidos, el mismo al que no hace mucho el bastaba con una Biblia para frenar la pandemia. También advierte de que las cosas irán a peor una temporada antes de que las cifras mejoren en el país. ¿Por qué este cambio? Porque al parecer las encuestas apuntan a una clara derrota en las elecciones del próximo 3 de noviembre. Es comprensible que esté preocupado porque cabe la posibilidad de que tenga que abandonar su cargo de presidente de EE.UU. Y tiene suerte de que este mundo sea así de imperfecto, porque si no lo fuera, si funcionase como es debido, su preocupación sería si tiene que cambiar la Casa Blanca por la cárcel.

Un mundo imperfecto
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