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Un abrazo de museo

Siete temporadas lleva el Lugo en Segunda División que serán ocho con la próxima. Y siete llevan también Pita y Seoane, dos jugadores que ocupan un lugar destacado en la historia del club. Algún día se irán y lo harán, seguro, con la cabeza alta

Al mejor Lugo de la historia le faltaba algo; una alegría, una explosión, un grito, una foto para el recuerdo... algo que pusiese la piel de gallina a sus aficionados después de siete años en Segunda División. El segundo de gloria que tardó la pelota en besar la red desde que Manu la acariciase aquella tarde en el Ramón de Carranza se difumina poco a poco. Por muy lejos que se llegue nunca se debe olvidar desde dónde partió el viaje, pero el del CD Lugo en Segunda estaba falto de emociones como la que provocó el menudo lateral ourensano con alma de extremo.

En busca de un grito liberador acudí el martes al Ángel Carro. Acudimos todos. Quería celebrar un gol de esos que pasan a la historia, de los que se recuerdan en los bares a las horas en que se debería estar durmiendo o en la cama cuando el sueño te regatea como a un defensa culón y fuera de forma. De esos que buscas cada cierto tiempo en YouTube para acordarte de lo feliz que fuiste. Quería otra foto de Manu en el Ramón de Carranza con los brazos abiertos y los ojos cerrados. Pero no. Esto no es Cádiz. Aquí no hay que mamar, aquí hay que sachar.

Aquí, aunque al final lo horarios los ponga la televisión, somos del fútbol el domingo a las cinco, del carajillo, de pasar frío

Para empezar, era martes y el partido arrancaba a las 21.00 horas. Mal asunto. Lugo no está hecho para el horario Champions. Ésta no es tierra de malabaristas. Aquí, aunque al final lo horarios los ponga la televisión, somos del fútbol el domingo a las cinco, del carajillo, de pasar frío, de sufrir cada partido, de empaparnos camino del estadio, de pitar al que no corre un balón, de aplaudir de pie a los que honran la camiseta. Aquí no abundan las alegrías. Aquí somos de sachar.

Pero de vez en cuando se cruza en el camino del Lugo un cabezazo de Alvite, un cuarto de hora de prolongación en Segovia o un penalti de Manu... Todo el mundo tiene derecho a gritar de vez en cuando y el duelo ante el Tenerife parecía ideal para que el Ángel Carro destrozase los tímpanos a toda la ciudad.

Era martes, sí, pero había un detalle que recordaba al fútbol del carajillo. La jornada se disputaba casi íntegramente a la misma hora. Y no era un detalle menor, pues el Lugo jugaba con una bala en la recámara. Un triunfo ante el Tenerife le valía, pero en caso de no ganar cabía la posibilidad de que la herida no sangrase. Con firmar el mismo resultado que el Majadahonda sería suficiente.

El estadio lo celebró, pero no como se grita un gol de verdad

Sin goles en Lugo, la atención se centró en el Carlos Tartiere, de donde llegaban trágicas  noticias con el 1-3 del Rayo. Todo apuntaba a que el Ángel Carro se iba a quedar sin su foto para la historia. Pero el fútbol mostró una vez más su alma de gamberro y el Oviedo empató el choque con goles de Carlos Hernánez y Joselu, que no hace mucho defendían la camiseta rojiblanca. El estadio lo celebró, pero no como se grita un gol de verdad; unos lo seguían por la radio, otros preguntaban, otros miraban al móvil . El árbitro pitó final y la alegría se desbordó, una alegría insensata, pues el Rayo Majadahonda rozó un gol que hubiese pospuesto la resolución de un drama que Joselu convirtió en comedia al anotar el 4-3.

Los jugadores dieron una vuelta al campo y se lanzaron contra el Fondo Norte para celebrar la salvación. Se respiraba una sensación de alegría, de alivio, pero a mí me faltaba algo; un grito, una explosión, una foto... La historia de los clubes está marcada por momentos, por detalles, por una falta en Wembley, por un cabezazo en Lisboa, por una volea a media altura en Johanesburgo, por un millón de regates en el Azteca camino de El Gol... por una foto. Y del partido del pasado martes no la había. No. Lo que había era un cuadro.

Hay cosas que se escapan a los ojos de la gente, pero no a los de los buenos fotógrafos

Hubo que esperar al día siguiente para descubrir que sí se había producido uno de esos momentos que pasan a la historia. Hay cosas que se escapan a los ojos de la gente, pero no a los de los buenos fotógrafos. Hay uno que se llama Xesús Ponte y que el martes, en medio de un mar de alegría rojiblanca, pescó un abrazo entre dos jugadores que simbolizan la mejor época en la historia del CD Lugo. La imagen de Carlos Pita y Fernando Seoane que ocupó la portada de este diario al día siguiente es de esas que pasan directamente al museo que cada aficionado rojiblanco tiene en su cabeza.

Pita y Seoane no son muy dados a exteriorizar sus sentimientos. Ese abrazo era real, de los que salen de dentro. Los dos pilares sobre los que asientan las siete temporadas que lleva el equipo en Segunda se buscaron y, durante un segundo, un instante, posaron sin saberlo para la historia del club.

Ahora ya me quedo más tranquilo. Ahora sé que dentro de mucho tiempo, con el Lugo sabe Dios dónde, cuando quiera recordar aquellos maravillosos años podré acudir a mi museo. Allí estarán don Carlos Pita y don Fernando Seoane dándose un abrazo. El mismo que le darían si pudieran todos los aficionados rojiblancos.

Un abrazo de museo
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