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Soltarse de la mano

Donald y Melania Trump. EFE
Donald y Melania Trump. EFE
En lugar de dar la mano al ganador, Donald Trump agarró la de su mujer y ambos pusieron rumbo hacia Florida. Bajaron del avión y, antes de entrar en el coche que les esperaba a pie de escalinata, el expresidente se paró a saludar, como manda el protocolo. Melania se lo saltó y dejó plantado a su marido delante de las cámaras; luego entró en el vehículo sin mirar atrás, como si tuviera prisa por acabar con un paripé que ha durado cuatro años. Me gusta imaginar que a partir de ese momento la ex primera dama cruza el asiento trasero del coche y sale por la otra puerta. Entonces Trump, enfadado, encendido, más naranja de la cuenta, entra y se encuentra con que no hay nadie. Furioso, pregunta qué está pasando ahí. En ese momento se bajan los seguros, el conductor se pone unas gafas de sol y arranca a toda velocidad camino de los juzgados de Miami. Mientras, Melania sube al avión y regresa a Washington, donde llega a tiempo de dar la mano de Joe Biden en las escaleras del Capitolio. Obviamente todo esto no sucedió. La realidad fue otra, menos lírica. Melania no le dio la mano al nuevo presidente de Estados Unidos, pero por lo menos se dio el gustazo de soltarse de la de su marido.
 

Soltarse de la mano
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