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Sobredosis de mensajes

Un teléfono con WhatsApp. EP
Un teléfono con WhatsApp. EP
Lejos quedan aquellas navidades en las que el teléfono era el centro absoluto de la fiesta. Ya no llueven tantos mensajes como antes. El WhatsApp trabaja, pero no mucho más que un día de final de Champions si el dueño del móvil es futbolero. No hay meme, chiste o montaje que nos sorprenda y el niño está cansado de ponerse el gorro de Papá Noel y adornar con ello una felicitación para los primos de Barcelona. Los mensajes son menos elaborados, si acaso aderezados con emojis de besos y corazones. Ya no se respira la pasión de cuando el WhatsApp irrumpió en nuestras nochebuenas, que ni a poner la mesa daba tiempo con tanto aviso de entrada. No es que no echemos de menos a los familiares y amigos que viven lejos, lo que echamos de más son los puñeteros mensajes por el teléfono. Desde marzo de 2020 son la metadona de los apretones de mano, de los abrazos, de los besos, de las risas... de la vida misma. Me da la sensación de que cada día que pasa nos damos más cuenta de que hay cosas que solo se pueden decir mirando a los ojos. Seguiremos usando el WhatsApp porque no nos queda otra, pero siendo conscientes de que lo que queremos de verdad no cabe en una pantalla, por mucha metadona que lleve.

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