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¡Se viene J.B.! ¡Se viene J. B!

Un programa de televisión, Informe Robinson, recuerda estos días con un documental que no hace mucho el Deportivo reventó el guion del fútbol español. Y lo hizo con un técnico peculiar, un tipo que fue víctima de su sencillez. Un gallego puro

Arsenio celebrando la Copa con el equipo. AEP
Arsenio celebrando la Copa con el equipo. AEP

Solo en el fútbol un héroe puede convertirse en un chiste de la noche a la mañana. Es algo que tengo claro desde mediados de los 90 y que me recordó estos días el Informe Robinson dedicado al Superdepor, el equipo que, con Arsenio Iglesias como entrenador, escapó de la Segunda División para codearse con los grandes, se quedó a once metros de un título de Liga y ganó una final de Copa que duró cuatro días y una granizada.

Arsenio se situó a la altura de María Pita cuando el Deportivo peleó hasta la última jornada por el título de la Liga 1993-94. Galicia, eterna amiga de la derrota, vivió de entre todas la más cruel. Y es que por esta parte del mundo estamos más acostumbrados a ver la victoria desde lejos, no a que nos la pongan a un penalti de distancia. Djukic falló y las nubes descargaron cubos y cubos de pena a orillas del Atlántico.

Nadie pierde como lo hace un gallego, es la derrota sobre la derrota, la lluvia sobre el charco, y Arsenio personificó aquélla como nadie. Pero llegó el día en que las lágrimas se secaron. La herida se cerró, quedó una cicatriz que durará para siempre en esa esquina de la península y el balón volvió a rodar. 

Nadie pierde como lo hace un gallego, es la derrota sobre la derrota

Arsenio continuó al frente del equipo en la temporada 1994-95, pero la relación ya no era la misma. El corazón latía con menos pasión. El desgaste, que diría una pareja en el momento del adiós, llamó a la puerta. Al técnico gallego se le había empezado a acusar de conservador en el tramo final de la campaña anterior. En una segunda vuelta en la que el Barça encadenó un triunfo tras otro mientras el Deportivo sufría para conservar su ventaja. 

A Arsenio se le echaba en cara que jugase con cinco defensas (aunque sus carrileros eran casi extremos) y dos mediocentros defensivos: Donato y Mauro Silva. Aquel Dépor era una roca, pero a cuenta de goles era inferior a la del Barça; un Barça que contaba con Laudrup, Stoitchkov y Romario, por cierto. 

De repente, Arsenio ya no valía para buena parte del deportivismo. Y como sucede muchas veces en estos casos, se convirtió en un chiste.

Le dice Arsenio a su madre:

—Mamá, mamá, en el colegio me quieren pegar.

—¿Y tú qué haces?

—Defenderme.

El chascarrillo se convirtió en lo que hoy se denominaría como viral y Lendoiro se puso a buscar un técnico. Corría el mes de marzo de 1995, en plena temporada, y el presidente blanquiazul anunciaba que John Benjamin Toshack entrenaría al Deportivo al año siguiente.

Por aquel entonces yo vivía en A Coruña. Créanme si les cuento que había gente triste por el adiós de Arsenio, pero mucha, muchísima, contenta por la llegada del técnico galés.

"Se viene J.B. se viene J.B", se festejaba en la ciudad.

Los gallegos somos así, siempre pensamos que es mejor lo de fuera. Y de cuanto más lejos mejor. Y si además había entrenado al Real Madrid, era un tipo simpático y con alma de canalla, pues mejor todavía. Toshack era la esperanza, la bandera a la que agarrarse para conseguir lo que Arsenio no había logrado.

Con las maletas hechas, a Arsenio le dio tiempo a ganar la Copa de 1995

Con las maletas hechas, a Arsenio le dio tiempo a ganar la Copa de 1995, un título que supo a  gloria en A Coruña por ser el primero y porque llegó ante el Valencia, el malo de la película un año antes en Riazor, la que acabó con Djukic abatido en el césped de Riazor mientras salían los títulos de crédito en pantalla.

Arsenio se marchó con la 13-14 más triste que se recuerde en Riazor. Con el estadio repleto celebrando la Copa, cogió su bolsa de deportes, se montó en un viejo Renault 5 y se fue para casa a ver películas de vaqueros, su pasatiempo favorito.

La apuesta por Toshack terminó en desastre y el Dépor tardó cinco años en conquistar la Liga que el fútbol le debía. Lo logró con Javier Irureta en el banquillo, un entrenador con fama de defensivo, sencillo, socarrón... un Arsenio en vasco.

A Fran le preguntaron por entonces si el título le quitaba la pena por lo sucedido en 1994. Dijo que no. Normal, en aquella fiesta faltaba el Superdepor. Faltaba una época irrepetible. Faltaba Arsenio. Faltaba un tipo que allá por 1995 dejó el equipo de su vida porque en Galicia siempre pensamos que es mejor lo de fuera. Tal vez por eso seamos tan perdedores.

¡Se viene J.B.! ¡Se viene J. B!
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