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Quedarse sin alma

La alegría del día me la llevé ayer en la rotonda por la que suelo entrar a Lugo. Allí vi, después de meses de vacío, una cigüeña. Sé que dentro de poco serán muchas más. Me gusta pasar por allí y disfrutar de mi propio documental de La 2, con decenas de aves posadas en la farolas, en sus nidos, en pleno vuelo sobre los coches o de comilona por los prados. No sé por qué disfruto tanto. Tal vez porque me recuerda a cuando era niño y mi abuela me avisaba para que me asomase con ella a la ventana el día en que los vencejos llegaban a la ciudad. Me gustan los animales, pero no soy ningún activista que vele por su bien y, aunque me avergüence un poco admitirlo, estoy a kilómetros de distancia de gente como la joven de Vilalba que estos días cuida de las seis crías de Alma, la perra fallecida tras recibir una brutal agresión en Chantada. Es en estos casos cuando uno se da cuenta de que si este mundo no se va definitivamente al carajo es porque aún hay gente que no se conforma con ver los documentales de La 2 y prefiere pasar a la acción. Desde aquí mi admiración hacia ella. El único consuelo que me queda es pensar que estoy a muchísimos más kilómetros de distancia del salvaje que nos dejó sin Alma.

Quedarse sin alma
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