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Una nueva cuenta atrás

Sarcófago que cubre el reactor que explotó en Chernóbil. ARCHIVO
Sarcófago que cubre el reactor que explotó en Chernóbil. ARCHIVO
Dentro de 24.000 años la gente podrá vivir otra vez en Chernóbil. Hasta entonces, un área de 30 kilómetros a la redonda de la central nuclear que atemorizó al mundo el 26 de abril de 1986 permanece aislada, habitada por cientos de perros y convertida en un recordatorio de lo delgada que es la línea roja que mantiene el orden de lo que creemos eterno. Ahora, 34 años después, el gobierno ucraniano quiere que los restos de la central sean declarados Patrimonio de la Humanidad para que el planeta no olvide lo que allí pasó. No tengo claro si Chernóbil merece semejante distinción porque para recordar el miedo no hace falta un diploma de la Unesco. Aquello no se olvidará jamás como tampoco se borrarán los días que pasamos en 2020 escapando de una muerte tan invisible como la que en 1986 hizo temblar a media Europa. Lo que pasó en Ucrania provocó que se reforzaran los sistemas de seguridad en las centrales nucleares de todo el mundo. Falta por saber qué mundo nos quedará cuando el fin que ahora parece cercano se convierta en lejano. Pero estaría bien irnos preparando porque esta vez no habrá que esperar 24.000 años; al día siguiente saldremos a la calle y empezará una nueva cuenta atrás.

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