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Maldito Aute

En la época del instituto, a todas las chicas les gustaba Aute; a todas las que me gustaban a mí, que eran las que me importaban. No pegaban sus fotos en las carpetas, pero había algo en aquel cuarentón que las atraía. Las mujeres maduran antes, tanto como para ser capaces de pensar en plena adolescencia en el hombre con el que quieren pasar su madurez. En este caso el  maldito Aute. Vale, morreaban con nosotros, pero lo hacían sabiendo que para envejecer querían a su lado un tipo guapo, sensible, capaz de decir cosas hermosas sin que sonaran a cursis… y con unas manos perfectas. 

Soy un enfermo de las manos. Me conozco las de toda la gente que me rodea. Yo qué sé… cientos. No apuesten contra mí, se lo aconsejo. Solo perdí una vez y acabó siendo una gran victoria. Fue por la época de que les hablo, en un bar en el que nos juntábamos muchos conocidos. Comenté mi habilidad y a alguien se le ocurrió ponerme a prueba. Me taparon la cabeza con un jersey de manera que solo veía un trozo de mesa y por allí empezaron a pasar manos. Yo encadenaba aciertos sin dudar ni un segundo hasta que de repente se me heló la sangre. Había una que no conocía. Mi silencio fue acompañado de gritos y burlas desde el exterior de aquella escafandra. Abatido, regresé a la superficie y allí encontré el aire que necesitaba para volver a respirar. Era un desconocido al que habían utilizado para darme un susto de muerte.

Por supuesto, no cuenta como derrota. El único que me tumbó en esa batalla fue el maldito Aute. Les cuento. Pasaba la tarde con una de aquellas chicas diciendo estupideces con la intención de asombrarla cuando de repente, a aquella joven se le iluminó la cara. Abrió los ojos de par en par y me cogió de una mano. Me puse a temblar.

-A ver, déjame ver… Ah, no, nada, es que te vi un lunar en un dedo y pensé que a lo mejor tenías las manos como Aute; pero no, nada, nada. Sigue, sigue.

Seguí por no colgarme de un árbol, pero sabiendo que aquella batalla estaba perdida. Nunca iba a poder competir con el maldito Aute.

Tiempo después, Aute tocó en un San Froilán. Fui al concierto con una pandilla en la que había otra chica que suspiraba por aquel cantautor de manos perfectas. Hablo de finales de los ochenta, cuando el San Froilán era en invierno, al menos en lo meteorológico. No como ahora, que con una chaqueta vas sobrado. Hacía mucho frío y a la segunda o tercera canción Aute frenó en seco y dijo por el micrófono que no era capaz de tocar la guitarra, que se le congelaban los dedos, así que el resto de la actuación la iba a hacer solo cantando. Al momento corrí hasta donde estaba la chica que suspiraba.

-Ja, mira el Aute… qué señorito. Ayer los de Barón Rojo estuvieron dos horas y pico tocando sin parar y este tiene frío en las manos. Ja.

Ni me contestó. Dudo hasta de que me escuchase.  

Para cuando acabó el concierto ya me había dado cuenta de mi patética estrategia y recordé que contra aquellas manos no se podía competir. Aunque estuviesen congeladas.

Aute siguió siempre ahí, cantando, pintando, diciendo cosas bonitas, sensatas. Lo hizo cuando las chicas dejaron de serlo y también cuando maduramos los chicos, un poco más tarde. Fue entonces cuando por fin pude apreciar el arte que salía de aquellas manos; cuando, sin convertirme en ningún fanático, me puse de su lado.  Han sido treinta años con él y ahora que se ha ido es cuando mejor entiendo a aquellas chicas que un día me gustaron y a las que siempre les gustará el maldito Aute.

Maldito Aute
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