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Heridas abiertas

Ucranianos esperan por el tren en la estación de Kiev. ZURAB KURTSIKIDZE (efe)
Ucranianos esperan por el tren en la estación de Kiev. ZURAB KURTSIKIDZE (EFE)

Da algo de reparo, casi vergüenza, escribir sobre la guerra a 3.500 kilómetros de distancia, que son muchos, pero no tantos para gente como Héctor y Paulo, los dos vecinos de Castroverde que después de ver en un telediario la muerte de una niña en Ucrania se montaron en sus coches para atravesar Europa y rescatar a refugiados del horror. Con actos así da incluso más vergüenza ponerse a escribir sobre la guerra, pero ¿sobre qué hacerlo entonces?, ¿qué alternativa hay mientras todo se va a la mierda? De la guerra tienen que escribir los que están allí, como lo hace Marcos Méndez en las páginas de este periódico, aunque a veces leer lo que cuenta duela, como duele la herida que me abrió la historia del hombre que se montó en un bus con su hijo en brazos para intentar llegar a Polonia. Cerca de la frontera, un militar subió al vehículo y bajó a empujones a aquel ucraniano con el pequeño en el colo. Los hombres se quedan a luchar, muchos de ellos a morir... algunos lo harán poco después de ser padres. ¿Es un cobarde quien huye con su hijo en brazos del infierno? No creo que exista una respuesta. Esta guerra, como la mayoría de las guerras, solo tiene preguntas... preguntas tan abiertas como las heridas que genera.

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