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Aquellas meriendas

Fofito, en una imagen reciente. EUROPA PRESS
Fofito, en una imagen reciente. EUROPA PRESS
Me entero por casualidad de que se retira Fofito, la sonrisa de una infancia entera. Lo hace después de cincuenta años de carrera, más o menos los mismos que llevamos de vida quienes lo conocimos subido en el auto de papá, cuando viajar era un placer que se hacía sentado en el sofá de casa con una merienda en plato de cristal justo entre la tele y una generación. Fofito tuvo en el arranque de su trayectoria toda la audiencia televisiva que había y ahora escribe su epílogo en un circo, casi desde el anonimato. Ha sido medio siglo, pero visto desde la perspectiva del niño que saltaba en el sofá con cada bache en vez de comerse las mandarinas parece mucho más; más de media vida, incluso. "Nosotros no teníamos tele", decían nuestros padres, y al oírlo nos sentíamos afortunado porque sabíamos que nosotros la íbamos a tener siempre al alcance, que habíamos nacido en la época correcta, que Fofito nunca nos iba a dejar. Y al final lo abandonamos, tanto nosotros como los que vinieron detrás, que tienen tantas pantallas como mandarinas. Supongo que fue algo inevitable, pero al menos no lo olvidamos. Ni medio siglo ni media vida dan para borrar de la memoria aquella tele, aquellas meriendas y, mucho menos, a quienes nos las daban.

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