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Aplausos por la espalda

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Pablo Casado abandona el Congreso. EDUARDO PARRA (EFE)
Durante su gira británica de 1965, Bob Dylan se preguntó cómo sería su trabajo si no existiesen los aplausos. Se imaginó un final de concierto extraño, casi surrealista, con el público en pie, satisfecho y mirando hacia él sin saber cómo demostrarle que había disfrutado de su arte. Poco tiempo después, Dylan no solo recibiría aplausos. Incorporó guitarras eléctricas a sus creaciones y despertó la ira de los puristas del folk, que solo concebían al genio de Minnesota con una acústica en sus brazos. Así, sus actuaciones se convirtieron en una batalla entre los abucheos y los aplausos; entre quienes lo adoraban al completo o solo a medias. A Pablo Casado lo admiraban al cien por cien todos los suyos hasta hace poco, cuando denunció una supuesta irregularidad de Isabel Díaz Ayuso. Entonces, los mensajes de apoyo absoluto se transformaron poco a poco en desprecio, en rechazo, en puñaladas... Y así fue como tuvo que tomar la palabra por última vez en el Congreso de los Diputados. Sin guitarra, ni acústica ni eléctrica, Casado se puso en pie, habló de "la entrega a los compañeros" y se despidió con prisa y sin mirar atrás para no tener que escuchar los aplausos, no fuera que alguno se le clavase en la espalda.

Aplausos por la espalda
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