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Ya no se hacen las cosas como antes

A MENUDO, cuando uno pierde de vista sus referencias, conviene regresar al Grace de Jeff Buckley. En ese disco está todo. Incluso lo que no está en él. ‘Lilac Wine’, ‘Dream Brother’, ‘Lover, You Should’'ve Come Over’... Siempre he creído que Grace es una especie de piedra de Rosetta del rock. Sirve para entender y comparar todo lo demás. Constituye uno de los mejores ejemplos de cómo la música debe ser moldeada y curvada. De cómo debe ser exprimida, vencida, depurada hasta la obtención de la combinación más inteligente y mejor.

Hace un par de semanas lo volví a escuchar. Era viernes por la mañana, acababa de llegar de Portugal y decidí pasarme por la tienda de discos del barrio a echar un vistazo. Uno suele encontrar los discos que llevaba tiempo buscando justo el día que acude a la tienda sin intención de encontrarlos. Es como si, de alguna forma, conociesen tus intenciones y se ocultasen. El secreto es fingir que solo vas a mirar y no exteriorizar tus intenciones. Es entonces cuando aparecen. Desprevenidos. Semidormidos. Qué importante es el factor sorpresa en estos casos.

Repasando una antigua colección de clásicos de los años 50 me encontré con un viejo amigo con el que estuve charlando algo más de media hora, aprovechando que era un día laborable y aquella mañana tenía bastantes cosas urgentes que hacer. "Pásate por casa esta tarde, terminamos de ponernos al día y escuchamos algunos discos", me dijo antes de despedirnos. Me pareció una idea fantástica. Unas cervezas, algunos álbumes míticos, un poco de conversación agradable. Había algo hogareño y cálido en aquel plan.

Sonaba distinto en vinilo. Más intenso. Más claro. Más completo


Decidí salir de casa nada más comer. Iría dando un largo paseo. Es un piso pequeño, están reformando el cuarto de baño y, a base de toneladas de ruido y polvo, uno acaba extrañando la plácida quietud de la intemperie. Al llegar a mi destino, mi amigo me recibió en su salón con un par de copas de licor café y algo de nostalgia. Hablamos de música, de política, de literatura. También de cosas importantes.

A media tarde, después de intercambiar algunas confidencias, decidí ojear con detenimiento la formidable colección de vinilos que había en una habitación contigua. "Elige uno cualquiera y lo ponemos", se escuchó desde el salón. "Elige uno cualquiera", repetí en voz baja. Aquella frase me pareció una crueldad.

No hizo falta rebuscar demasiado. Al principio no me di cuenta, pero allí estaba. Perdido entre todos los demás. Desprevenido. Semidormido. Como si no desease ser encontrado. El único disco en vida de Jeff Buckley. Grace.

Regresé con él al salón, lo extraje de su funda y lo coloqué con cuidado sobre el giradiscos. Las primeras notas de Mojo Pin, lejanas y desleídas, comenzaron a sonar. A los pocos segundos irrumpió el llanto contenido de Buckley y no hizo falta nada más. Un singular escalofrío recorrió de repente el centro de mi memoria: me negaba a creerlo, pero era la primera vez que escuchaba de verdad ese disco.

Qué extraña sensación. A veces contemplamos tantas veces una cosa desde un mismo ángulo que nos olvidamos de todos los demás. Aunque el mejor se encuentre entre ellos. Yo siempre había escuchado ese disco en CD y otros formatos digitales. Jamás en vinilo. Al hacerlo en aquel salón, a través de aquel magnífico y antiguo tocadiscos, sentí que, en realidad, era la primera vez que lo hacía. Como si todas las veces anteriores sólo fuesen un ensayo.

Permanecimos en silencio escuchando todo el álbum, acaso interrumpiendo alguna que otra vez a Jeff para comentar lo distinto que sonaba en vinilo. Más intenso. Más claro. Más completo. Mejor.

"Ya no se hacen las cosas como antes", dijo mi amigo al final, justo antes de despedirnos, lamentando quizá muchas más cosas de las que parecía. "Ya no se hacen las cosas como antes", repetí en voz baja. Nos dimos un abrazo, salí de su casa y me marché dándole vueltas a aquella frase, conversando conmigo mismo, tal vez asintiendo de vez en cuando.

Al llegar a mi casa, los obreros habían terminado de instalar la nueva ducha. Seguramente sea la más típica del mercado, pero a mí me pareció un prodigio de la ingeniería. Por aquí, la columna de hidromasaje, por allí, la grifería termostática, en este otro lado, el efecto lluvia, en aquel otro, el efecto cascada. "Esto no tiene nada que ver con las duchas de toda la vida —dijo uno de los que la habían instalado—. Y además trae una garantía de 75 años". Por un momento me imaginé a mi hija, ya anciana, presumiendo de aquella ducha.

"Ya no se hacen las cosas como antes", le contesté yo. Aquel hombre se estuvo riendo un buen rato.

Ya no se hacen las cosas como antes
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