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Y una de ellas, portuguesa

MaruxaPOCAS ANÉCDOTAS hay tan jugosas y crujientes como las que tienen que ver con el pago de una deuda. Suelen venir acompañadas de moralejas arbitrarias o tan alejadas de la lógica que normalmente me parecen impecables. Como esa historia estupenda que José Martí Gómez incluye en su ensayo El oficio más hermoso del mundo y en la que relata cómo Carlos Casares, según el propio escritor gallego contaba, había recibido el pago de una deuda por parte de Mariano Rajoy muchos años después de haberla contraído. Tanto tiempo después que prácticamente carecía de sentido saldarla. A menudo, cuando el plazo para devolver un préstamo ha sido superado con creces, hacerlo es casi un gesto de mala educación.

Hay deudas que no es necesario pagar. Pero no solamente esas cuyo vencimiento ocurrió hace demasiado tiempo, sino también todas aquellas que, debido a sus circunstancias, nacen para ser olvidadas. Aquellos préstamos que se conceden para no ser devueltos jamás. A un conocido que te deja unas monedas para el parking, por ejemplo, no se le debe reintegrar jamás lo prestado. Sería una desfachatez. De hecho, en el caso de que algún insolente lo intente, se le debe contestar levantando enérgicamente la mano y exclamando "pero quita, hombre, qué me vas a dar ahí, joder". A un compañero de la oficina que te financia las copas durante toda la noche porque has salido sin dinero, tampoco hay que pagarle nada. Si un amigo te presta cinco o seis mil euros para un televisor 4K ULTRA HD, lo último que uno debe hacer es devolverle toda esa pasta. Es algo que resulta evidente. La propia realidad te lo va indicando. No hay nada más irresponsable que prescindir de una deuda desmedida y alarmante, de esas que te ayudan a espabilarte por las mañanas.

Con muy buen criterio, Honoré de Balzac llevó esta idea al extremo en El arte de pagar sus deudas sin gastar un céntimo. Por aquel entonces, el autor francés se había arruinado a conciencia en diferentes negocios como editor e impresor y atravesaba gravísimas dificultades financieras. Las deudas lo asfixiaban y todo cuanto se le había ocurrido hasta el momento era contraer otras nuevas mucho más cuantiosas para hacer frente a las anteriores. Hasta que un buen día dejó de pagar. Era consciente de que tendría que seguir endeudándose para poder vivir, pero había decidido que la forma más sensata de gestionar sus deudas era no saldar ninguna.

Su estrategia se basaba en una idea sencilla: mientras uno tenga acreedores, tendrá personas que se preocupen por su bienestar, que desearán que sus finanzas mejoren. Aliados que, llegado el momento y ante la posibilidad de no recuperar ni un sólo céntimo, incluso lo ayudarán de nuevo a volver a empezar. Tomando como referencia las enseñanzas de un tal barón de l’Empésé —quien en su lecho de muerte consideró una grosería pagar a sus acreedores una parte de lo que les debía, así que los convocó a todos para aclararles que no pensaba pagarles nada a ninguno—, el narrador nos guía hasta una de las máximas centrales del libro: "Mientras más deudas se tienen, más crédito se tiene; mientras menos acreedores se tienen, menos ayuda se puede esperar".

Pero la reflexión clave del texto quizá sea esta: "Se puede vivir del crédito siempre que se cumpla con una fidelidad inquebrantable su más sólido principio: no hay que pagar deudas a nadie". Así lo explicaba el joven Balzac en este primer libro que parece haber sido ideado por el mismísimo Jonathan Swift y que, paradójicamente, comenzó a sacar al novelista francés de la bancarrota. Por alguna razón, El arte de pagar sus deudas sin gastar un céntimo nunca fue incluido entre sus obras completas, pero el manuscrito sí forma parte de los originales que hoy se conservan en la Maison de Balzac, en la rue Raynouard de París.

José Martí transcribe literalmente en su ensayo las palabras de Carlos Casares:

"Mariano llegó un día a Ginebra, debía de tener entonces veintipocos años, con un grupo de diputados gallegos. Os invito a tomar una copa, nos dijo. Acabamos, sin saber cómo, en un local de alterne. Vamos a invitar a unas copas de champagne a estas simpáticas chicas que coinciden aquí con nosotros, dijo. Mariano, que son putas, le susurró al oído un avezado. ¿Cómo van a ser putas estas chicas tan agradables?, respondió Mariano con otro susurro. Sesenta mil pesetas le costó a Mariano la invitación. No llevaba suficiente dinero y se lo tuvimos que prestar los acompañantes. ¿Tú crees que son putas?, me preguntó ya en la calle. Sí. Y una de ellas, portuguesa, le respondí".

Años después, Mariano envió un cheque a Carlos Casares devolviéndole amablemente lo prestado. Ignoraba que hay deudas que no es necesario pagar. Ni siquiera hace falta explicar cuáles son.

Y una de ellas, portuguesa