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Para eso está el verano

El verano, entre otras cosas, está para recuperar viejas lecturas, y este mes de agosto he tenido ocasión de leer de nuevo una larga conversación entre William S. Burroughs y David Bowie que la revista Rolling Stone publicó en el año 1974. Se trata de una entrevista recíproca en la que ambos indagan en los métodos de trabajo y la creatividad del otro. Me llama la atención el respeto mutuo que se demuestran al principio, poco antes de reconocer que ninguno de los dos sabe mucho sobre la obra de su interlocutor. Lo que comienza como un diálogo inocente pronto se convierte en un combate sutil, en un choque entre dos formas distintas de entender la escritura y el arte.

MARUXABowie cree en la inmediatez de la imagen y le concede una importancia superior como herramienta narrativa. Defiende que "las cosas tienen que golpear de inmediato". Le interesa la escritura como experimento formal. Las letras de sus canciones se construyen de un modo semejante a una secuencia de viñetas. No se trata de elaborar un relato lineal, sino de disponer a lo largo de la canción pequeños bloques de información visual que adquieren coherencia al ser considerados en su conjunto. Pero son los demás quienes deben interpretar el sentido de esas letras. "Escribo lo que mi público dice que escribo", afirma. 

Burroughs no se pronuncia, pero uno tiene la impresión de que eso le suena a disparate. Él es un pensador, un teórico del lenguaje. La experimentación literaria, en su caso, es un canal para la reflexión. Sus ideas son concisas y reniega del simplismo. Bowie parece ponerse a la defensiva a partir del momento en que el escritor dice: "El nivel de exigencia del pop normalmente es cero, como eso de 'power to the people". El músico venía de manifestar que sus letras son de clase media porque él es de clase media. Pero el rechazo se vuelve más evidente cuando Burroughs le pregunta si su inspiración para escribir es literaria, a lo que Bowie contesta que no. Burroughs insiste, le comenta lo mucho que le recuerda la letra de Eight Line Poem a T.S. Eliot, y Bowie le responde que jamás ha leído nada de él.

Sus posturas, llegado este punto, parecen antagónicas, pero a medida que uno avanza en la lectura del texto se da cuenta de que, en el caso de Bowie, tal vez todo se reduzca a una táctica comercial. Es como si no pudiese evitar que se le vean las costuras. Como si se esforzase por marcar las diferencias con Burroughs para no dejar a la vista su faceta intelectual. Uno termina sospechando que a Bowie le interesa que no lo tomen por esa clase de artista. No quiere que su obra sea elogiada por una minoría erudita. Él elige al gran público. Elige el aplauso. Elige el éxito comercial. Y sabe que eso es terreno vedado para un artista de culto.

Sin embargo, su estrategia flaquea en el momento en que Burroughs le pide que le cuente de qué trata su disco Ziggy Stardust and the Spiders from Mars. Bowie explica que ese álbum contiene un relato de ciencia ficción cuyo inicio se sitúa cinco años antes de la destrucción del mundo. El protagonista de la historia, un chico llamado Ziggy Stardust, es un intermediario entre los seres humanos y los hombres de las estrellas, que viajan hacia el planeta Tierra para devorarlo. Ziggy debe ejercer de profeta, y ya que tiene un grupo de rock, decide inventarse al personaje de Starman para cantarles a los humanos sobre él. Pero no les habla de exterminio, sino de salvación. Conoce el destino fatal de la Tierra, lo ha visto en sus sueños, pero elige anunciar lo contrario. Ziggy canta sobre el hombre del cielo que ha venido a salvarnos. De un modo alegórico, Starman es una canción sobre las falsas esperanzas como forma piadosa de protección.

Fue durante esta segunda lectura de la conversación cuando me di cuenta de ello. Si uno escucha el disco Ziggy Stardust tiene la sensación de que Bowie quiere ofrecer una historia superficial y vacía de contenido. Se deduce por el modo en que salpica el relato con datos frívolos o triviales que lo aligeran, que le restan profundidad y gravedad. Es divertido encontrarse con detalles intrascendentes, como por ejemplo que los viajeros interestelares aterricen en el barrio de Greenwich Village, que uno se parezca a Marlon Brando o otro tenga el aspecto de un "negro neoyorquino". Pero en el fondo hay mucho más: toda una fábula sobre la bondad y la compasión.

Me alegro de haber regresado a esta lectura durante el verano, que para eso está. Es cierto que también está para detenerse, para apagarse un rato. Para dejar que el mar entre en tu habitación a media tarde mientras te quedas dormido. Para ver las moscas revoloteando por las noches alrededor de un farol. Para visitar tu infancia, para reconocerte en viejas nostalgias. Para descubrir lugares nuevos y reencontrarse con los de siempre. Para mirar al futuro y para volver atrás. Pero de eso ya hablaremos en otras columnas. Tenemos todo el invierno por delante.

Para eso está el verano