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A veces un paraguas

ME CONTABA mi suegro hace algún tiempo que su padre, a quien, de joven, no le hacía especial gracia el cine, solía ir todos los domingos a una conocida sala de fiestas que había en la calle del Paseo de Ourense llamada La Bilbaína para presenciar lo que por aquel entonces se conocía como "un debut". Las vedettes de turno, una vez aburrido Madrid, se dedicaban a pasear su espectáculo por la geografía española, recalando cada semana en una ciudad de provincias distinta para alegría y disfrute del paisanaje nacional.

"Sala La Bilbaína presenta un espectáculo fuera de serie en funciones de sobremesa, tarde y noche. Mary Montiel, sensacional supervedette de la revista", reza una eficaz octavilla que alguien todavía conserva en algún rincón. Las malas lenguas murmuraban que la calidad de la voz de la artista era siempre proporcional a la tela de su vestido, por lo que las funciones de cantantes de segunda o tercera, de afluencia masiva, solían aderezarse con "ingredientes picantes" que hacían las delicias del personal.

En cierta ocasión, con la sala abarrotada, Ourense rompió a llover. Ante la perspectiva de una tormenta, los clientes, muy ordenadamente, fueron abandonando el lugar en estampida temiendo que la tromba de agua fuese de repente a más, echando mano de todos los paraguas que, desde la entrada, aguardaban el final del espectáculo. Cómo sería el caos que, por desgracia, cuando el padre de mi suegro fue a recoger el suyo, éste había desaparecido. Lo nunca visto.

Qué terrible desazón nos invade cuando nos desaparece un paraguas. Estás sentado tranquilamente en un restaurante, pides la cuenta, pagas, te pones el abrigo, caminas distraído hacia la puerta, observas el paragüero y entonces lo ves. Un enorme y doloroso vacío con la forma exacta de tu paraguas. Donde debería estar, en el lugar que debería ocupar, sólo hay infelices interrogantes. ¿Pero qué ha pasado? ¿Y mi paraguas? ¿Quién se ha llevado mi paraguas? ¿Alguien ha visto mi paraguas? ¿Lo traía al entrar? ¿Lo dejé en este sitio? ¿Pero qué ha pasado? ¿Y mi paraguas?

Un paraguas es una de las peores cosas que te pueden robar. En cuanto constatas su ausencia, te invade un profundo e inexplicable sentimiento de pérdida. Sabes que sólo te ha costado unos euros, que ni siquiera era un paraguas de calidad, que tú mismo podrías habértelo dejado olvidado en cualquier parte, pero, diablos, cómo te molesta que se lo hayan llevado. Te produce una singular sensación de impotencia. Anda que no hay cosas mucho menos tuyas para robar antes que tu paraguas. ¡Ese era tu paraguas, maldita sea! ¡Se han llevado tu paraguas!

De vez en cuando, merece la pena perder alguna cosa. No perder nunca nada constituye una especial clase de condena. Qué feliz y predecible sería la vida si la propiedad fuese un concepto inquebrantable. Si todo cuanto nos pertenece fuese inexpugnable. Pero una cosa es perder algo, lo que sea, objetos sin importancia, y otra muy distinta es perder un paraguas.

A veces un paraguas lo significa todo. Hace unos días, un amigo me confesaba abochornado y entre sollozos que había perdido su paraguas. Debía estar en el paragüero de su casa, pero no estaba. Lo había buscado por todas partes, había intentado recordar dónde lo había dejado, incluso había preguntado a sus amigos, como ahora hacía conmigo, si alguno había visto su paraguas. Mientras hablaba, tal vez por su minuciosa descripción -"era largo y negro"-, caí en la cuenta de que lo tenía yo. Yo era quien me había llevado un día su paraguas. Con tan mala suerte de que, al contemplar mi reacción, silenciosa pero delatora, él también se dio cuenta de que el responsable de su inmensa pérdida era yo.

Por culpa de su incomparable avaricia al reclamarme que se lo devolviese, al día siguiente me vi en la obligación de comprarme mi propio paraguas. Salía de la radio, llovía a cántaros y mi paraguas estaba a varias calles de distancia, en casa de su dueño. Entré en una tienda cercana y compré uno largo y negro que, nada más verlo, lo dijese todo sobre mí.

A las tres horas ya lo había perdido. Me di cuenta mucho más tarde, después de cenar, cuando antes de irme a la cama me acerqué al paragüero de la entrada de mi casa para cerciorarme de que nadie me había robado el paraguas. Tener un paraguas, al fin y al cabo, te obliga a estar permanentemente pendiente de él. Cuando te compras un paraguas no te compras solamente un paraguas. Te compras el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se caiga al suelo y se rompa. Como el reloj de Cortázar.

Qué alegría me llevé cuando, a la mañana siguiente, desesperado, entré en la panadería en la que había estado la tarde anterior y allí se encontraba mi paraguas, sano y salvo, ajeno a mis tribulaciones, reposando feliz en un neutro paragüero. "Se lo dejó usted apoyado en el mostrador y se lo he guardado", me explicó la dependienta, ignorando la oportunidad que había desperdiciado.

No podía estar más contento. Si hay algo que supere a la sensación de impotencia y desasosiego que se produce cuando se extravía un paraguas, es la felicidad que a uno le invade al recuperarlo. Como si te devolviesen una parte de ti. Como si el destino te hubiese indultado. Por fortuna, todavía queda gente en el mundo dispuesta a respetar lo importante.

El día después del espectáculo, el padre de mi suegro colocó un cartel en la puerta de La Bilbaína que decía: "Se ha perdido un paraguas. Si alguien se lo llevó ayer por error, ruego lo devuelva". Esa misma tarde ya habían devuelto ocho ejemplares distintos. Al final, todos sabemos de sobra lo que duele perder un paraguas.

A veces un paraguas
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