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Una noche de lo más tranquila

MARUXAELLA ACABABA de dormir a los niños. Había tenido que leerles varios cuentos en la penumbra, a punto de quedarse dormida en una butaca. Su día había ido de mal en peor. Había discutido en el trabajo, había perdido el autobús, se sentía profundamente agotada y sufría una molesta jaqueca. Solo quería meterse en la cama y dormir.

Él la esperaba con la luz encendida mientras terminaba de ver un partido. Hacía casi un año que estaba en el paro, pero no buscaba trabajo. Tampoco hacía nada productivo ni salía de casa salvo para bajar a veces al bar. Su vida, en resumidas cuentas, consistía en existir. "Te has perdido un partidazo", le dijo nada más verla entrar en el dormitorio "Me da igual el fútbol, Juan", contestó ella mientras se descalzaba. "¿Te lo resumo?". Ella lo miró, se metió en la cama dándole la espalda, se tapó con el edredón y apagó la luz. "Lo único que quiero es dormir".

"Me podías dar un pequeño masaje. Tengo la espalda fatal", comentó él sin obtener respuesta. Realizó de nuevo su petición, pero ella permaneció en silencio. "¿Ana? ¿Me oyes, Ana?". Mientras reclamaba su atención, la golpeaba ligeramente con el dedo índice. "Joder —resopló ella—. Ya estaba durmiendo, Juan. ¿Qué quieres?". "Déjalo. Creo que lo que me apetece es un melocotón —contestó él—. ¿Te importa que me lo coma en la cama?". Ella abrió los ojos en la oscuridad. "Sí que me importa, pero haz lo que quieras".

Él se levantó y fue a la cocina a por un plato, un cuchillo y un melocotón mientras explicaba en voz alta lo mejor del partido. Regresó a la habitación, se subió a la cama de un salto y encendió la luz para pelar la fruta con precisión. Se comió el melocotón mientras veía la televisión y, cuando hubo acabado, apoyó el plato y el cuchillo sobre el edredón. "Ana, ¿duermes? ¿Estás durmiendo? ¿Ana?". Ella se despertó y se incorporó sobre la cama. "Qué quieres, Juan —gruñó—. Qué quieres ahora". Por el tono de su voz, él dedujo que estaba enfadada. "Solo quería que colocases esto sobre tu mesilla. En la mía no cabe". Ella respiró hondo, cogió el plato y el cuchillo y los colocó a su lado. Apagó la luz, se giró de nuevo hacia el armario y se tapó con el edredón.

"Ana", murmuró él. "¿Estás durmiendo, Ana?", insistió. "Te estoy escuchando", respondió ella despacio y sin moverse. "Ya casi nunca hablamos de nuestras cosas", lamentó él. Y comenzó a detallar todo cuanto había hecho desde que se había levantado a las doce de la mañana hasta que ella había regresado por la noche con los niños. "Cuéntame ahora tú algo  —añadió—. ¿Qué tal te ha ido el día?". "Me ha ido muy bien —respondió ella—. Duérmete".

Mientras ella se quedaba dormida, él comenzó a tararear. No tenía sueño y se removía una y otra vez en su sitio, violentando la tranquilidad de todo el colchón. Buscó algún programa de comedia y elevó el volumen del televisor. No tardó en comenzar a carcajearse aparatosamente, con una risa estentórea que resonaba en toda la habitación. Ella cogió el cuchillo de su mesilla, se incorporó una vez más en la cama y se lo clavó ocho veces en el abdomen hasta que dejó de respirar. Se dio la vuelta, dejó el cuchillo ensangrentado sobre la mesilla, se recostó sobre el colchón, apagó la televisión y volvió a taparse con el edredón. Durmió del tirón hasta la mañana siguiente. Le pareció una noche de lo más tranquila.

Una noche de lo más tranquila
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