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Una buena novela

ME LLAMA la atención lo pacíficamente extendida que está la idea de que una buena novela —una buena película, un buen relato, en general— se compone de una buena trama, unos buenos personajes, unos buenos diálogos, un puñado de buenas escenas y un buen uso de los recursos técnicos y estilísticos. Como si eso, que lo es todo, fuese suficiente.

Pensar que la suma de las piezas anteriores puede conformar una buena novela —una buena película, un buen relato, en general— es como creer que una buena historia se construye con todos los elementos que, objetivamente, construyen una buena historia. Cuando una buena historia se construye, sobre todo, con todos los demás.

Los ingredientes de una buena novela —un buen relato, en general— no son aquellos que la convierten matemáticamente en buena, como si se tratase de bultos sobre una balanza, sino aquellos que no tienen nada que ver con la aritmética y que, casualmente, no demasiadas tienen.

Si ‘El padrino’, por ejemplo, consistiese en una película sobre un gángster italoamericano que se convierte en capo de la mafia en la América de los años cuarenta y estuviese formada por una gran trama, unos grandes personajes, unos grandes diálogos, un puñado de grandes escenas y un gran uso de los recursos técnicos y estilísticos, no sería ni la mitad de buena película que es. Porque, a fin de cuentas, que ‘El Padrino’ es todo lo anterior resulta evidente, pero, como no podría ser de otra manera, es también algo más. Mucho más. Es, de hecho, casi todo lo demás.


Todo lo que tiene peso en la literatura o el cine es ángulo, enfoque


Rodrigo de Luis lo explica muy bien en el artículo ‘El libro que leería durante la película que no podría perderme’, publicado en la revista cultural Jot Down Magazine, donde explica cómo el gran tema central de la película de Coppola es "la tensa relación entre el yo y los designios que le van imponiendo las circunstancias". Las mismas que "obligan a Michael a involucrarse en los asuntos de la Familia, las que propician que se sitúe a la cabeza de la misma, las que transforman a un muchacho introvertido en un hombre de mirada gélida y gestos calculados, las que lo arrastran de nuevo dentro de la espiral cuando pretende escapar de su órbita". Una espiral que se construye alrededor de un sistema ético estricto pero que discurre en paralelo a la moral colectiva, con la que, si a veces acierta a coincidir, es por pura casualidad.

Todo, absolutamente todo lo que tiene peso en la literatura o en el cine, es ángulo. Enfoque. Esa gran idea que se expone a través —o con el pretexto de— la historia. El destino y el libre albedrío. El bien y el mal. La razón y la fe. La civilización y la barbarie. El amor. La soledad. La muerte. Sin su brillante enfoque, ‘La invención de Morel’ no sería más que las memorias de un fugitivo que, en su huida, se refugia en una isla habitada por extraños personajes. Hay muchas otras novelas en las que se narran historias así. Buenas historias, incluso, pero nada más que eso. Bioy Casares utiliza su relato para reflexionar sobre qué es la realidad. Para preguntarse qué es real y qué no lo es desde una perspectiva idealista. En el prólogo de la novela, Borges escribe: "He discutido con su autor los pormenores de su trama, la he releído; no me parece una imprecisión o una hipérbole calificarla de perfecta". Si no fuese por su encuadre, me temo que tan sólo sería una buena novela más.

Siempre he pensado que ‘La vida de Pi’, la novela de Yann Martel llevada al cine en 2012 por Ang Lee, sería un ejemplo fantástico para ilustrar una columna como ésta. Si prescindiésemos de su última parte, en la que dos funcionarios del Departamento Marítimo japonés entrevistan a Pi y éste narra una segunda versión de lo que sucedió realmente en aquel bote a la deriva, sería, a pesar de todo, una buena historia. Daría un buen libro —y, a su vez, una buena película—. Es un relato entretenido. Está bien contado. Hay escenas memorables, como la del tigre en la balsa en medio del océano, qué maravilla, la piel de gallina, o la de la isla flotante carnívora. Pero eso es todo. Ya está. Se acabó lo que se daba. A ver qué ponen en la tele. Cómo quedó el Celta. Qué pedimos para cenar.

La tercera parte de la novela, sin embargo, el último cuarto de hora de la película, lo es todo. Es la propia novela. El final de la historia es la historia entera. Sin ese final, sin una sola frase en concreto que Pi pronuncia después de que el periodista confiese preferir la primera versión de la historia, sin ese definitivo "pues lo mismo pasa con Dios", en vez de un relato extraordinario tan sólo sería un buen relato. Como todos esos otros relatos que son buenos y no son nada más.

Por eso, como decía al principio de esta columna, una buena novela —una buena historia, en general— es exactamente todo aquello que la hace buena. Pero sobre todo, es todo lo demás. Que apenas es nada, pero lo es todo.

Una buena novela
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