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Una boda gallega

CUALQUIER CELEBRACIÓN suele tener algo que ver con lo cuantitativo. La forma de celebrar que tu equipo se ha proclamado campeón –o ha evitado el descenso, que en muchos casos es otra forma de ganar– consiste en hacer lo mismo de siempre, pero en mayor cantidad. Quedas con tus amigos en el bar, os dais más abrazos y palmaditas de lo habitual, en lugar de dos o tres copas os bebéis diecisiete por cabeza y se acabó. Se puede dar el asunto por celebrado.

Con los cumpleaños, las Navidades, las cenas de fin de curso o cualquier otro festejo ocurre lo mismo. Te reúnes para comer con tus amigos, tus seres queridos o tus compañeros de clase y, en lugar de un menú normal, pones a prueba tu estómago con tres platos y un postre. La celebración, en estos casos, se basa en comer más de lo normal. Una Nochebuena o una fiesta patronal no se celebra con una ensalada o un plato combinado. Una celebración, por lo general, es una cuestión de proporción.

Sin embargo, esta regla encuentra su excepción en las bodas. No cabe duda de que éstas descansan sobre la idea de enormidad, pero en ellas no sólo se produce una diferencia de carácter cuantitativo, sino también cualitativo. La celebración de una boda no sólo consiste en hacer lo mismo de siempre pero en mayor cantidad. Es un evento que discurre en un plano paralelo a la realidad. Se compone de momentos que, si se consideran de forma aislada, resultan extraños y disparatados, pero en el contexto de una boda todo el mundo los acepta con normalidad. Una curiosa singularidad que encuentra su máxima expresión cuando se trata de una boda gallega.

Pero en éstas, además, la cuestión de la proporción es fundamental. La semana pasada participé en la primera de las cinco a las que asistiré este año y que se sumarán a las cuatro del verano pasado y a las tres del anterior. Es indiferente. Salvo pequeños matices, todas las bodas gallegas son la misma boda. La de la semana pasada duró un poco menos de lo normal. Apenas llegó a los dos días. Comenzó por la mañana, se extendió durante toda la tarde, se prolongó por la noche y dio sus últimos coletazos al día siguiente hasta el mediodía. Una boda gallega, por definición, siempre debe tener algo de bacanal romana. Si uno se va de boda un sábado por la mañana y no despierta ya el lunes para ir a trabajar, no es una boda gallega.

Al llegar a la iglesia, un desconocido me saludó, me abrazó con fuerza y me dijo que llevaba un buen rato esperándome. Cuando le comenté que no nos conocíamos de nada puso cara de estar hallando la raíz cuadrada de dos y, entre risas, concluyó: "Perdona, es que llevo diez cañas y estoy un poco perjudicado". Diez cañas a las doce de la mañana es algo que no se entiende fuera del marco de una boda. Mientras tanto, el resto de los asistentes a la ceremonia aplaudían con rabia la llegada del novio y, unos minutos después, la de la novia, a los que se jaleaba desde los bancos y se les piropeaba a voz en grito. Si no parece la presentación de los jugadores en el All-Star de la NBA, no es una boda gallega.

Hacia el final salí a fumar y, en la puerta de la propia iglesia, uno de los invitados me invitó a unas cervezas que guardaba en una bolsa nevera en el maletero de su coche. Cuando la ceremonia terminó y nos acercamos a tomar los aperitivos previos al banquete, un invitado que estaba delante de mí en la barra le dijo al camarero: "Otro whisky con Coca Cola". Otro. No uno, no. Otro. Ese hombre se estaba tomando, como mínimo, el segundo. Si no se bebe como si al día siguiente se fuese a promulgar la Ley Seca, no es una boda gallega.

El banquete duró de tres de la tarde a diez de la noche. Cuando sirvieron los licores, eran las diez y cuarto. Por el camino se sucedieron bandejas inagotables con langostinos, zamburiñas, cigalas, centollos y vieiras –la llegada de las vieiras se anunció por megafonía y los camareros salieron de la cocina en fila india, caminando a modo de marcha militar, llevando las bandejas en alto–, cerrando el menú la lubina y el solomillo. A eso de las dos de la mañana, mientras cuatro generaciones distintas bailaban El venao, se sirvieron alrededor de cuatrocientas minihamburguesas. Un par por cabeza. Alguien me dijo en cierta ocasión que, en Galicia, un buen banquete de boda no se mide por lo que se come, sino por lo que sobra. Si después de haberte atiborrado a manjares no sigue habiendo comida para otras dos bodas más, no es una boda gallega.

En una boda normal se lanzan puñados de arroz al salir de la iglesia, se llena el coche de los novios con globos, se entregan regalos y se bailan congas durante el banquete, la novia le regala la liga a una amiga, al novio le cortan la corbata en pedazos y se la reparten entre sus amigos, se entregan las figuras de la tarta a una pareja invitándola a casarse, etcétera. Y todo esto en medio de esa especie de baile de disfraces en que suele consistir una boda –empezando por los chaqués y los vestidos imposibles y terminando por el vestido de novia: ¿quién diablos se viste así?–. Cualquier boda normal, como decía, tiene algo que ver con el surrealismo. Pero eso no es nada comparado con una boda gallega.

En la de la semana pasada había falsos paquetes de regalos de cuyo interior, de repente, salieron corriendo docenas de gallinas en estampida. Creo que con eso está dicho todo. Que alguien se lo explique a Buñuel.

Una boda gallega
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