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Un piso con salón

MARUXA
MARUXA

HOY HE acompañado a un amigo soltero a ver un piso en alquiler. Los amigos somos los mejores asesores posibles en estos casos porque siempre seremos sinceros. Al fin y al cabo, el piso de un amigo soltero es el lugar al que irás a ver el fútbol o a jugar a la Play. En cuanto he visto el salón, enorme y lleno de luz, me he enamorado de él. Mi amigo ha detectado algunas carencias, pero a mí me ha gustado tanto imaginarme allí tirado viendo la próxima Champions que inmediatamente he telefoneado a mi madre llorando para contarle que por fin había triunfado en la vida.

Cuando nos marchábamos, mientras dábamos un paseo, nos vino a la memoria el primer piso que compartimos cuando éramos estudiantes universitarios. Si hoy en día el centro de algunas ciudades está copado por pisos turísticos, hace dos décadas los pisos de estudiantes eran el motor inmobiliario de Compostela. En aquella época, el número de estudiantes de la universidad de Santiago era igual a la mitad de la población de la ciudad, así que cualquiera que tuviese en propiedad un agujero en el suelo aprovechaba para alquilarlo como un piso de estudiantes. O dos.

Me he preguntado qué pensarían aquellos dos chavales hace dieciocho años si nos viesen visitando un piso como el que hemos visto hoy

Unas amigas nuestras vivían en un apartamento cuyo pasillo había sido convertido en salón. Te sentabas en el sofá y, a unos cuarenta centímetros de tu cara, se encontraba la tele. Lo único que nosotros sabíamos es que queríamos un piso con salón. Una instrucción que, como era previsible, pareció darle igual al de la inmobiliaria. Primero nos enseñó un piso que no sólo no tenía salón, sino que tampoco tenía pasillo o distribuidor, de tal forma que para llegar a cualquier habitación había que pasar antes por todas las demás. Aquella misma tarde nos mostró otro cuyas escaleras desde el portal eran tan empinadas que había que subirlas con los pies y con las manos. "Hay que tener cuidado si uno viene borracho —bromeó—, aunque también podríais dormir en el portal, en el edificio no vive nadie más". Por qué sería. Vimos un bajo que era el almacén de una tienda. Vimos un piso cuyo cuarto de baño consistía en un retrete y un plato de ducha ocultos tras una cortina en la cocina. Por fin, a los tres o cuatro días, visitamos un piso que nos gustó. Era un poco antiguo, los muebles y los electrodomésticos estaban muy viejos, pero al menos alguien había colocado una pared de pladur en el medio de una de las habitaciones, por lo que la parte oscura e inhóspita que daba hacia el interior se podía considerar un salón. A nosotros aquello nos pareció el Palacio de Buckingham.

Hoy escuchaba a mi amigo ponerle pegas a ese salón exterior con varios ventanales enormes y no pude evitar sonreírme. Me he preguntado qué pensarían aquellos dos chavales hace dieciocho años si nos viesen visitando un piso como el que hemos visto hoy. Pero al momento me he dado cuenta de quizá no fuesen capaces de escuchar siquiera sus propios pensamientos. Todavía puedo ver la cara de mi amigo cuando, la primera noche, después de cenar, comenzó a retumbar el suelo y los vasos y los platos comenzaron a moverse. Nosotros no lo sabíamos, pero habíamos alquilado un piso en la parte de arriba de un pub.

"Por lo menos tiene salón –nos dijimos el uno al otro–. Sube el volumen de la tele y arreglado". Aquel fue uno de los mejores pisos en los que he vivido nunca.

Un piso con salón
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