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Un escupitajo por la espalda

NO ME GUSTAN los perros. Tampoco es que los odie o que me cueste tolerarlos. Ni mucho menos. Sencillamente, no me gustan. No encuentro en ellos nada que me resulte satisfactorio o interesante. No necesito tenerlos cerca. No son importantes para mí. Como me ocurre con la mayoría de las personas, más o menos.

Los perros están ahí, no me molestan, no siento ninguna clase de aversión hacia ellos, pero mentiría si dijese que me agradan. Es algo que me cuesta comentar en público porque suele provocar cierto rechazo. Cierto efecto de extrañeza. Mi indiferencia hacia los perros es un asunto que ha terminado formando parte de mis secretos más privados e inconfesables. Como mi convicción de que tenía razón Newton y no Leibniz en la Controversia del Cálculo. O mi negativa a dejar de comer bombones Ferrero Rocher durante el verano. Me cuesta reconocer esas cosas porque tengo la impresión de que a los ojos del mundo soy un monstruo. Sin embargo es la verdad: no siento afecto por los perros. O por lo menos, no más de el que siento por un pájaro bonito o una ardilla muy lista.

Esta mañana, volviendo a casa desde el supermercado, un perro enorme se abalanzó sobre mí ladrando como una fiera. Ahora que intento recordar con precisión la escena, reconozco que tal vez mi mente quiera exagerar ligeramente la situación. Quizá se tratase de un perro pequeñito saludando y moviendo la cola. No importa. Su tamaño y agresividad son ahora lo de menos. Lo relevante es que me asusté y pegué un grito agudo y muy masculino mientras daba diminutos saltitos con las manos en alto para alejarme del animal. La dueña se giró hacia mí y, con una sonrisa ensayada y espléndida, como si me quisiese vender un coche, me dijo que no pasaba nada. Que no me preocupase. Que el perro no mordía.

Es el colmo. Para esa señora, en esa situación en la que una persona está siendo atacada por una bestia sanguinaria —insisto en que tal vez fuese un cachorro, es indiferente—, la conducta a corregir es la de la persona y no la del animal. No reprendió a su perro para que me liberase. Me dijo a mí, de muy buenas maneras, eso sí, que no me preocupase porque aquel bicho no mordía. En otras palabras: era yo el que estaba actuando como no debía porque, al parecer, su perro no mordía. «¡Es que ya sólo faltaría que, además de arrojarse sobre perfectos desconocidos, el sinvergüenza este encima los mordiese, señora!». Me salió del alma.

A la mujer no le gustó mi tono y me lo hizo saber. Yo le contesté que lo menos que podía hacer era llevar al perro atado por la calle. Por el bien de los viandantes, que se sentirían más protegidos frente a una alimaña como aquella —ahora me doy cuenta de que debía de ser un Yorkshire terrier o un pequinés; no levantaba un palmo del suelo, el muy cobarde—. Pero sobre todo por el bien de su propio perro, porque un día iba a atravesar la calzada y no iba a salir muy bien parado. Ignoro qué entendió ella, pero en un asombroso ejercicio de distorsión cognitiva, dio por hecho que la estaba amenazando con atropellar a su perro, así que le sugerí amablemente que se fuese a tomar viento, me di la vuelta y me marché.

Cuando llegué a casa y me quité el abrigo, descubrí estupefacto que tenía un generoso escupitajo a la altura del omóplato derecho. Me senté en un taburete de la cocina con el abrigo en las manos y me quedé observando con admiración aquella secreción clandestina. Aquel esputo a traición.

Y comprendí que aquella mujer me había vencido. Daba lo mismo que yo estuviese cargado de razón. No importaba que mis argumentos fuesen más sólidos que los suyos, si es que estos existían. Cuando me quise dar cuenta, tenía un salivazo en el abrigo. Yo lo tenía y ella no. Si había alguien satisfecho con el resultado de la disputa, era ella. Poco se puede hacer contra un arma tan silenciosa, efectiva y concluyente como un escupitajo por la espalda. Decidí que aquello no podía quedar así y regresé a la calle en busca de aquella señora y la sabandija que la acompañaba, causante de todo cuanto vino a continuación. Si por lo general no me gustan los perros, sentía que a éste lo detestaba. Esta dispuesto a acercarme a ellos por detrás y devolverles el escupitajo. Quería salir victorioso de aquella batalla de expectoraciones. Salí del portal y comprobé que mis enemigos habían huido, así que decidí echar a correr para buscarlos por el barrio mientras almacenaba saliva a dos carrillos.

Qué terrible impotencia sentí cuando, nada más doblar la primera esquina, me caí y me torcí gravemente un tobillo. Pero todavía peor fue girarme en el suelo y descubrir la sustancia en la que había resbalado: una caca de perro.

Maldito seas, destino.

Un escupitajo por la espalda
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