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Tú que puedes elegir

ME HABÍA pasado el fin de semana escribiendo, así que el domingo por la noche, cenando unos pinchos en la zona vieja, mi cuñado me convenció para tomarme el lunes libre. Al parecer iba a hacer un día magnífico, era una pena desaprovecharlo en la ciudad, tendría que irme a la playa, hombre. "Tú, que puedes elegir, no debes ni pensártelo".


Un lunes libre. Por cómo pronunciaba el adjetivo, por la forma en la que la ele resonaba contra la lengua y el paladar y la i se plegaba sobre sí misma hasta liberarse en la última sílaba, aquello debía de ser algo muy importante para él. Una fantasía hecha realidad. Una quimera que habitaba en lo más profundo de sus aspiraciones. "Un lunes libre" se pronuncia con la misma entonación con la que se pronuncia "la final del Mundial" o "dos noches de hotel gratis". Tiene nombre de animal mitológico.

Así que al día siguiente me levanté, me duché, desayuné, metí en una mochila unas chancletas, una toalla, crema protectora y La mujer loca de Juan José Millás, bajé al garaje, me subí al coche y puse rumbo a las Rías Baixas. En alguna otra dimensión, en algún universo paralelo, me senté frente a mi escritorio y me puse a escribir como otro lunes cualquiera, pero en la realidad en la que me hallaba no iba a desperdiciar aquel día quedándome en la ciudad. Yo, que podía elegir. No debía ni pensármelo.

En cuanto me incorporé a la autopista se estropeó el aire acondicionado. Era uno de esos días de principios de junio en los que los termómetros alcanzaron los treinta y pico grados. Poco a poco fui notando cómo el sol me perseguía. A medida que pasaban los minutos iba ascendiendo y creciendo a mis espaldas. Como si fuese consciente de la avería en mi sistema de refrigeración. Como si me hubiese convertido en una presa fácil.

En casa, mientras tanto, en esa otra realidad, yo estaba escribiendo algún párrafo indolente, ajeno al calor.

Llegué a la playa asfixiado. Abrí la puerta del coche y por el asfalto se desparramaron varios litros de sudor. Todavía era temprano, pero ya casi no había sitio, así que fui sorteando a la gente hasta uno de los laterales y me coloqué junto a las rocas, un poco apartado de la multitud. Una vez en la toalla descubrí que en esa zona había piedras bajo la arena. No estaba demasiado cómodo.

En casa, sin embargo, me estaba bebiendo un refresco frío en el salón.

Al cabo de un rato, un tanto molesto por algunas ráfagas de viento que arrastraban polvo y arena hacia donde yo me encontraba, decidí combatir el calor con un merecido chapuzón. Por desgracia, el agua estaba helada y tuve que salir al poco tiempo, con tan mala suerte de que el polvo y la arena que venían con el viento comenzaron a pegarse a mi piel. Era una sensación bastante irritante.

En casa, en ese preciso instante, había puesto música y me estaba dando una ducha muy agradable.

Media hora después, de las rocas salieron varias avispas de un tamaño considerable. Ignoro si fue por la acción del viento, que las frenaba, pero en lugar de marcharse se quedaron revoloteando sobre mi toalla. Yo me levanté e intenté espantarlas con el libro que estaba leyendo, confiando en que el resto de la gente en la playa fuese capaz de distinguir los insectos desde lejos y no creyesen que era un loco que se enfrentaba a un enemigo invisible blandiendo una novela de Millás. Era cerca de la una, así que me rendí y abandoné la playa.

"Un lunes libre" se pronuncia con la misma entonación con la que se pronuncia "la final del Mundial"


En casa ya había terminado de escribir y estaba a punto de salir a tomar un vermú. Tienen uno casero riquísimo que te sirven directamente de un barril en la en la terraza del bar de abajo.

Había reservado para comer en una arrocería cercana a la playa. Me apetecía mucho una paella, pero el arroz estaba pasado y no tenía un gran sabor. Eché un vistazo a mi alrededor y noté que era la única persona que estaba almorzando sola. No me gustó aquella sensación. La cuenta, además, me pareció exagerada para lo que había pedido. "Tendría que haber traído un bocadillo -refunfuñé-, pero las avispas no me habrían dejado comer en paz". Pagué y regresé al calor sofocante de la calle.

Mientras, en mi otra realidad, estaba comiendo con unos amigos en nuestro restaurante habitual. Pedimos unas cuantas raciones para compartir. Zamburiñas, almejas a la marinera, gambones a la plancha, navajas y unos berberechos. Estaba todo estupendo.

Volví a la playa y comprobé atónito que un par de excursiones habían poblado la playa de niños. Incluso el rincón donde yo estaba antes. Intenté aguantar un rato sobre la arena en el medio del follón, pero resultaba imposible leer o descansar. A esas horas, yo ya dormía la siesta en mi casa, en la habitación que da a la parte de atrás, con la ventana abierta. Me encontraba en la gloria.

Me subí al coche enfadado y regresé a la ciudad. Sin aire acondicionado. Con el sol golpeando sin misericordia. Llegué a eso de las siete y media y quedé en la zona vieja con mi cuñado. También estaba mi otro yo, que venía directamente desde casa, fresquito y descansado. Me senté a la mesa con cuidado, con los brazos y las piernas quemados por el sol, mientras mi cuñado me miraba con admiración, observando la playa y el mar a través de mí.

"¿Qué tal?", me preguntó como se le pregunta a alguien recién salido de un spa. "Sólo te diré que yo, que puedo elegir, la próxima vez ni me lo pienso, cuñado", contesté. Estoy seguro de que no me entendió.