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Todas las ciudades de madrugada

TODAS LAS ciudades, de madrugada, son la misma ciudad. Están hechas de calles dormidas, habitadas únicamente por semáforos incansables y farolas solitarias que iluminan el vacío. En la oscuridad se cruzan los faros de un puñado de coches que quizá no conduce nadie mientas algunas ventanas, en lo alto de los edificios, lo observan todo a lo lejos y un silencio intimidatorio ocupa cada portal, cada garaje, cada rincón.

Ilustración para el blog de Manuel de Lorenzo. MARUXAYo recorría esas calles de noche hasta hace no mucho, aplastado por la inquietud, una o dos veces por semana. Recuerdo el teléfono sonando en mitad de la noche, atroz y desproporcionado, arrancándome con violencia de mi descanso. Su timbre de llamada empezaba de repente a remover mis sueños y yo tenía la angustiosa sensación, entre tinieblas, de que quizá ya llevase una hora sonando. Ningún teléfono suena igual durante el día que durante la noche. En plena madrugada su sonido es más estridente, más agobiante. Suena a desesperación.

Me despejaba a la fuerza, retiraba las mantas y, durante unos segundos, me sentaba en el borde de la cama, que era el borde mi propia cordura. Otra vez. Aquí estamos otra vez. Apenas pasaban unos minutos hasta que me encontraba recorriendo de nuevo esas calles huecas, llenas de fantasmas, tratando de dar forma a la explosión de imágenes imposibles e inconexas que acababa de recibir desde el otro lado del teléfono. La noción del tiempo, ya desfondada, se había quedado atrás mientras yo entraba una vez más, a toda prisa, por la puerta del servicio de urgencias del hospital.

Y allí me aguardaba la espera. Primero la confusión, luego la improvisación, después la cadena de suposiciones. Pero todo eso terminaba de forma fugaz. A continuación siempre llegaba la espera. Las horas eternas que se acumulaban en aquel lugar indeseable, lleno de un aire manoseado y caliente. Un aire en el que flotaba el temor y el desconsuelo, pero también la esperanza y el alivio. A veces incluso la alegría. A veces incluso el entusiasmo. Allí dentro cualquier sentimiento es posible, por tibio o extremo que sea, y el mío siempre era el de la impaciencia y la preocupación.

El resultado acostumbraba a ser el mismo. El desconcierto, la especulación, el "vamos a ver cómo evoluciona", el "dentro de dos días comprobaremos si hay reacción a la medicación". Igual que el sábado anterior. Y que el miércoles anterior. Y que el lunes anterior. La nada en absoluto. Y regresabas a casa varias horas más tarde, por las mismas calles oscuras y despobladas. Y las farolas solitarias y los semáforos incansables cumplían su función, quedándose atrás, observando cómo te alejabas del hospital con la misma sensación de impotencia de siempre, mientras un torrente de pensamientos procuraban apartar de ti la idea de que el final de todo aquello, por desgracia, estaba cada vez más cerca.

Hace unos días me quedé con un par de amigos tomando algo hasta tarde. Estuvimos en la terraza que hay en la plaza de nuestra calle y, cuando cerró, nos fuimos a tomar una copa al centro. Eran las tantas de la madrugada cuando volví a casa. Y reconocí en el sigilo y la oscuridad de aquellas calles l a s m i s m a s impresiones de siempre. La inquietud del silencio en cada rincón, las luces ajenas y distantes que parecen contemplarlo todo, los viejos fantasmas. Pero ninguno de ellos me perseguía. Ya no había desesperación, ni temor, ni desconsuelo. Hacía mucho que no recorría esas calles siendo espoleado por aquellos antiguos demonios.

Las personas a las que tantas veces acompañé en el hospital ya no están. Una hace meses que se fue. La otra, hace algunos años. Desde entonces, el teléfono ya no suena en mitad de la noche. No me voy a la cama pensando en cuánto tardaré en despertar para salir corriendo. Ya no hay nadie a quien llevar de urgencia en plena madrugada al hospital. Y yo no sé si este pensamiento, que me asaltó regresando a casa hace unos días después de tomar unas copas con unos amigos, es injusto o es egoísta, pero reconozco que siento alivio. Por mí y por esas dos personas. Mi padre y mi madre.

Esa noche me di cuenta que aquellas calles tan intimidantes, tan llenas de dolor, de repente ya sólo son calles.

Todas las ciudades de madrugada
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