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La teoría de las palomitas de maíz

EL PROBLEMA eran las palomitas. Cuando mi hermano y yo nos desparramábamos en el sofá una tarde cualquiera a ver una película, desaparecían en cuestión de segundos.

La estampa no se parecía en nada a esas escenas idílicas del cine en las que alguien ve una película y dosifica sus palomitas casi mecánicamente, como si su brazo y su boca fuesen un engranaje independiente que se articula a cámara lenta. Mi hermano y yo las devorábamos a puñados. No habían terminado los títulos de crédito y ya no quedaban palomitas en el cuenco. Era intolerable. Semejante disparidad con lo prometido por Hollywood no podía ser. Como preadolescentes nacidos en los 80, no nos la podíamos permitir.

Un día decidimos que comeríamos las palomitas despacio. Disfrutándolas a conciencia. Acordamos que cada uno cogería una, la llevaría lentamente hasta la boca y la masticaría con detenimiento. Como si fuese un pedazo de cordero al horno. Como ocurría en las películas. Y repetiríamos el proceso las veces que fuese necesario hasta que no quedasen más palomitas, muchos minutos después. O quizá horas. O quizá días. Ante nosotros se abría todo un universo de posibilidades.

Pero no llegó a funcionar. Desde el primer momento nos sentimos ridículos. Nos pasábamos el inicio de la película vigilando cuántas palomitas cogía el otro. Comprobando que las acercaba a la boca muy despacio. Que tardaba en masticar. Más que de ver una película y comer palomitas, parecía que se trataba de ver una película y no comer palomitas. Era un acto forzado. Antinatural. Falso. Y lo falso casi nunca sabe a nada.

Ilustración para el blog de Manuel de Lorenzo. MARUXA

Llegamos a la conclusión de que uno no puede decidir la velocidad a la que come palomitas mientras ve una película. Ese era el problema. En realidad, el ritmo lo decide la película. Lo deciden tus nervios o tu diversión o tu aburrimiento. Lo decide el ambiente. Lo deciden las propias palomitas. Es la vida quien lo decide. He aquí el axioma: las palomitas solamente se pueden comer a la velocidad a la que cada uno se come sus palomitas. Y esa regla, la teoría de las palomitas de maíz, terminó convirtiéndose en una ley universal susceptible de ser extrapolada al resto de facetas de la existencia.

Porque la vida tiene sus propios tiempos. A veces coinciden con los de uno mismo y a veces no, pero no se puede alterar su velocidad. Es imposible obligar a lo rápido a suceder despacio y a lo lento a ocurrir deprisa. Aunque se trate de los aspectos más cotidianos. Cuando forzamos esa velocidad amañada, nos movemos por delante o por detrás de nosotros mismos, pero nunca en el lugar en el que deberíamos estar. Uno nota que arrastra las horas y los minutos detrás de sí mismo. O que los empuja delante hasta la extenuación. El clima se vuelve extraño. El mundo se resiente. Son los tiempos de la vida ejerciendo su gravedad.

Pero ocurre también con lo importante. Cuántas veces habré deseado ralentizar un abrazo o una caricia. Quedarme un rato en ellos. Memorizarlos para siempre. Es imposible. Como tampoco se puede acelerar la tristeza ni la enfermedad. Ni siquiera esos días incómodos en los que uno, sin verdaderas razones para ello, casi sin querer, casi a la fuerza, se siente trágicamente desafortunado. Las cosas pasan a la velocidad a la que tienen que pasar. Las buenas y las malas. Desearíamos que las primeras durasen más y las segundas menos, pero es la vida la que marca el ritmo de los acontecimientos. Que nuestros tiempos se acomoden a los suyos es una simple y feliz casualidad.

Y sin embargo, esto pocas veces ocurre. En realidad uno se pasa la mayor parte del tiempo lamentando, aunque no lo sepa, el hecho de que la vida transcurra a una velocidad distinta de la que desearía. Te sientas en el porche durante el atardecer a contemplar el presente, que es ese lugar en el que vives, y te parece caduco. O poco apropiado para ti. O sencillamente pequeño. Y ansías mudarte a un presente mejor. Las cosas deberían cambiar. O haber cambiado ya. Pero ese futuro que deseas que llegue, que incluso quieres atisbar al final del camino, todavía ni se asoma.

Sientes que te quedas atrás. Que tu vida se ha encasquillado. Que las cosas no avanzan al ritmo que deberían avanzar. Pero lo extraño es que algún día inesperado sí lo hacen. Y es entonces, una vez terminada la mudanza e instalado por fin en el nuevo presente, cuando miras atrás y comprendes que toda aquella urgencia era un poco absurda. Que en el fondo tampoco estabas tan mal. Que de haberse retrasado el futuro, ese en el que ahora te sientas durante el atardecer a reflexionar, tampoco habría pasado nada.

Porque la vida tiene sus propios tiempos. A gran escala y a pequeña escala. E intentar adaptarlos a uno mismo es siempre estéril. Ya se trate de la velocidad a la que transcurre tu tristeza o de la velocidad a la que comes palomitas de maíz.

La teoría de las palomitas de maíz
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