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Taconazo de Guti, gol de Benzema

RECUERDO CON NITIDEZ aquel gol de Karim Benzema al Deportivo hace algo más de diez años, en Riazor, un par de décadas después de la anterior victoria del Real Madrid en Coruña, en la época en la que el fútbol todavía se parecía al fútbol. Recuerdo las circunstancias, recuerdo el detalle técnico y recuerdo la jugada: taconazo de Guti frente a Aranzubia para que Benzema solo tuviese que limitarse a hacer historia. Lo genial acostumbra a parecer sencillo.

De repente, un balón. Benzema se encuentra con un pase imposible, una oportunidad que ha surgido de la nada, una ocasión definitiva que nadie habría sido capaz de prever. Se trataba de una de esas situaciones inesperadas en las que es importante no saber qué ha ocurrido. En las que es importante no haber sospechado nada ni tener idea de cómo reaccionar. A veces conviene no estar preparado para lo repentino ni disponer de un plan. Porque ese es el modo en el que la improvisación puede acabar transformándose en magia. 

Ilustración para el blog de Manuel de Lorenzo. MX

Hace unos días fui a visitar a mi cuñado Javi en el garaje en el que pone a punto el coche con el que todos los años se marcha al norte de África para participar en un rally a través del desierto. Estábamos revisando la junta de la trócola cuando, de repente, comenzó a escucharse un ruido cavernoso y sostenido, semejante a una respiración metálica, de ultratumba, y a mí me entraron ganas de echar a correr. No sabía qué estaba ocurriendo ni cómo reaccionar, pero Javi sí lo sabía: bastaba con no hacer nada. "Es un purgador de agua", comentó, y aquello resultó tranquilizador. Pero la tranquilidad es incompatible con el arrebato. Cuánto más emocionante habría sido echarse al suelo, ponerse a cubierto. Cuánto más emocionante habría sido vivir para contarlo. 

Recuerdo con nitidez aquel gol de Karim Benzema al Deportivo porque es imposible olvidarlo. Esa noche me encontraba cenando en un restaurante del Trastévere con mi novia, mi hermano y mi amigo Rodrigo, que cumplía treinta años. Acababa de entrar en vigor en Italia la prohibición de fumar en el interior de los bares, así que decidimos cenar en la terraza, aprovechando que tampoco hacía un frío excesivo en Roma aquel 30 de enero de 2010. Y no éramos los únicos: todas las terrazas de la plaza estaban repletas de gente. 

Mi novia llevaba en el bolso las velas con las que pensaba sorprender a Rordigo, colocándolas sobre algún tipo de pastel al terminar de cenar, para celebrar así su cumpleaños. El ambiente era muy agradable y pintoresco. Los típicos manteles a cuadros sobre mesitas de madera, los toldos coloridos, las plantas en portales y balcones, el suelo adoquinado… Estábamos cenando dentro de una postal. Después de los entrantes habíamos pedido una pizza ai quattro formaggi y, a los pocos segundos de servirla, como si la función hubiese terminado antes de tiempo, se fue la luz en todo el barrio. Súbitamente, el Trastévere, nuestro viaje y el cumpleaños de Rodrigo se habían quedado sumidos en la más absoluta oscuridad.

Fue entonces cuando mi novia sacó del bolso las velas que llevaba preparadas para el postre, hundió su base sobre la pizza hasta que se mantuvieron en pie y las encendió con un mechero. De repente, aquellas dos llamas diminutas sobre el queso fundido parecían estar señalando el centro de la plaza, o quizá el centro del mundo en ese preciso instante. Daban la impresión de iluminarlo todo y a todos. Mi novia comenzó a cantarle a Rodrigo el "cumpleaños feliz", mi hermano y yo la seguimos y de pronto había una docena de gargantas en la plaza acompañándonos en castellano, a las que se unieron al final los aplausos de casi todo el mundo. Y como si todo aquello hubiese sido perfectamente planeado, en cuanto Rodrigo sopló las velas, regresó la luz. 

A veces, cuando uno se halla en medio de una situación inesperada, es importante no saber qué ha ocurrido ni tener idea de cómo reaccionar. A menudo conviene no estar preparado para lo repentino ni disponer de un plan. Porque ese es el modo en el que la improvisación puede acabar transformándose en magia. Mi novia se encontró de frente con lo inesperado, con un taconazo del azar, y lo convirtió en un momento único e irrepetible. Se limitó a hacer historia: nuestra historia, la de unos amigos de vacaciones en Roma, la de un momento para el recuerdo. 

Era la noche del 30 de enero de 2010. Cuando la luz regresó, también lo hizo la señal del partido en la televisión de la terraza de al lado. Se trataba del Deportivo contra el Real Madrid. Kaká le puso un balón en profundidad a Guti, que se plantó solo frente al portero y, en lugar de disparar a puerta, dio un pase imposible hacia atrás. Recuerdo con nitidez aquel instante porque es imposible olvidarlo. Taconazo de Guti, gol de Benzema. Lo genial acostumbra a parecer sencillo.

Taconazo de Guti, gol de Benzema
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