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Solo una verdad en la vida

Francisco Umbral ya estaba muerto cuando escribió los últimos pasajes de Mortal y rosa, coincidiendo aproximadamente con el ecuador de su vida, aunque al escritor no lo enterraron hasta treinta y dos años después. Así lo dejó registrado él mismo en las páginas de tan doloroso diario: "Soy el único cadáver que ha escrito un libro en la historia de todos los tiempos". 

He dudado al escribir la palabra "diario". Es difícil ser preciso a la hora de calificar semejante ejercicio literario. Tampoco se trata de una novela. O quizá sí, qué más da. Las fronteras entre los géneros narrativos solo tienen interés para aquellos a los que les importan esas cosas, que tan a menudo carecen de importancia.

Como en otros volúmenes similares, en Mortal y rosa Umbral describe —o dibuja— el mundo que lo rodea. Un domingo por la mañana. Su propio cuerpo. El verano. El placer de la lectura. El paso de las horas. Diferentes escenas cotidianas de su propia vida. Esbozo a esbozo, el autor va dando forma a la literatura de la cotidianidad. Hasta que uno comprende que en esa cotidianidad se encierra la enfermedad de su hijo y conduce hacia su muerte.

"El niño, mi niño, está ahí, sufriente, enfrentado a un miedo, a una magnitud superior, y lo llevan en alas blancas y sucias, lo traen en camas duras y sonoras". El relato de la muerte de un hijo convierte cualquier diario en elegía. Mortal y rosa es un llanto. Es un puñetazo insoportable en la boca del estómago. Es Umbral conversando con su pasado, con la memoria de su hijo, al que sujeta sin vida en su regazo.

He pensado mucho en ese libro esta semana. Hace unos días, un niño que jugaba junto a una ventana abierta en su casa, en un sexto piso, muy cerca de donde vivo, se precipitó de pronto al vacío y falleció. He pensado mucho en sus padres. En lo desgarrador que debe de ser ese dolor inimaginable. Un día llegas a casa después del trabajo dándole vueltas a los recados que tienes pendientes, a los planes para el fin de semana, a la idea de ir adelantando algunas compras de Navidad... Y de repente tu mundo se acaba. Ya no hay recados. Ni planes. Ni Navidad. Solamente la nada. En apenas un segundo.

"La risa de mi hijo. He perdido la risa de mi hijo". Considero que es una de las frases más tistes que uno puede leer en Mortal y rosa. No soy capaz de concebir un horror comparable a la muerte de un hijo, especialmente si se trata de un niño. Umbral se definió a sí mismo como el único cadáver que había escrito un libro. Ya estaba muerto cuando lo terminó: "El muerto vive, llega como un intruso, nos visita, y de pronto me sorprendo gestos de muerto, ademanes, caídas, renunciaciones de difunto". Sentir que te han arrebatado la vida es lo mismo que morir.

Un amigo me hablaba el viernes del posible sentimiento de culpa de esos padres cuyo hijo se mató al caer por una ventana. Del remordimiento injusto por no haber estado allí en ese momento, lo bastante cerca como para evitarlo. Es imposible racionalizar algo así aunque no sea culpa tuya. El espanto de lo que pudo haber sido. Pero confieso que me parece incluso más terrible ir perdiendo a un hijo poco a poco. Ver cómo se te muere día a día. Presenciar las señales, como le ocurría a Umbral: "La fiebre, ese fuego secreto que mi madre buscaba en sí, que buscaba en mí, como luego me lo buscaba yo mismo, como lo busco ahora en mi hijo. La fiebre, la llama quieta que crece por la sangre, ese miedo que me asusta como nada, ese quemarse el cuerpo y la vida en un incendio lento y mudo (…). La fiebre del hijo, el fuego en que me arde, la hoguera inexistente en que se quema, el abismo rojo donde le pierdo". Me pregunto qué viene después, cuando tu hijo se ha ido, cuando tú ya estás muerto.

Y de repente tu mundo se acaba. Ya no hay recados. Ni planes. Ni Navidad

Me pregunto si es posible diferenciar qué es real y qué no lo es. Despertar una mañana, algunos días después, y tener la sensación momentánea de que tu hijo va a aparecer por la puerta de tu habitación, sonriendo, con los brazos abiertos para darte un abrazo y un beso. Me pregunto hasta qué punto es natural a veces lo inhumano. "En las escaleras mecánicas de las tiendas dialogo con mi hijo muerto", escribió Umbral. En un mundo inverosímil solo hay espacio para lo irracional.

"Solo encontré una verdad en la vida, hijo, y eras tú. Solo encontré una verdad en la vida y la he perdido. Vivo de llorarte en la noche con lágrimas que queman en la oscuridad. Soldadito rubio que mandaba en el mundo, te perdí para siempre". Francisco Pérez Suárez, Pincho, falleció de leucemia en 1974, a los seis años de edad. Su padre, Francisco Umbral, murió de pena el mismo día.

Solo una verdad en la vida
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