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Solíamos escondernos para fumar

SOLÍAMOS ESCONDERNOS para fumar. Se había convertido en una divertida costumbre. Después de comer, mientras nuestros padres y los padres de nuestros amigos tomaban el café, los chavales de la pandilla nos escondíamos felices detrás del restaurante, entre los matorrales de la parte izquierda de la playa, para encender los cigarrillos que, de vez en cuando, Gonzalo y Valentín sisaban a sus tíos.

Algunos ni siquiera fumábamos, pero había algo excitante y rebelde en esconderse para fumar -la impunidad siempre ha gozado de cierto encanto irresistible-. Los más pequeños, con once o doce años, nos limitábamos a contemplar admirados cómo los mayores exhalaban lentas bocanadas de un humo espeso y envidiable. Gonzalo tendría entonces dieciséis años; Valentín, diecisiete. A medida que íbamos creciendo, otros ocupaban el lugar de Gonzalo y Valentín. Cuando te querías dar cuenta, eras tú el adolescente indomable que fumaba a escondidas delante de dos o tres críos boquiabiertos sin que los adultos se percatasen. Íntimamente, te lo apuntabas como una pequeña victoria contra el sistema.

Pero todo cambiaba cuando alguno de los chicos mayores cumplía dieciocho años y se marchaba a hacer el servicio militar. La gente comenzaba a referirse a ellos como "los quintos", un término que los dotaba de cierto misticismo y que casi modificaba su personalidad a distancia, como si de repente fuesen mucho más ásperos y aventurados. Cuando alguno de nosotros se iba a hacer la mili, dejaba de ser uno de nosotros y se convertía en uno de ellos. De los adultos. Al verano siguiente ya no nos prestaba atención, no se escondía con nosotros para fumar y, durante la sobremesa, se quedaba con nuestros padres conversando en la terraza del restaurante. Tomando café como ellos. Charlando de asuntos aburridos como ellos. Pero, sobre todo, fumando como ellos.

Porque el servicio militar marcaba un asombroso punto de inflexión. A diferencia de cómo eran las cosas apenas unos meses antes, en cuanto regresabas de la mili, y para pasmo del resto de chavales, podías fumar delante de tu padre. Era lo normal. No tenías que seguir escondiéndote. Sacabas la cajetilla allí mismo, te encendías un pitillo valeroso y nadie te decía absolutamente nada. En España se había impuesto la convicción de que al cuartel se marchaban siendo niños y regresaban siendo hombres. Aunque sólo tuviesen diecinueve añitos. Y a veces no hace falta mucho más que estar convencido de algo para que, sencillamente, suceda. Para bien o para mal.

En el fondo, la vida entera se escalona a base de momentos como ese. De acontecimientos insignificantes pero importantísimos a partir de los cuales las cosas dejan de ser como son para ser de otra manera. Y no hay vuelta atrás. Como el día que tu madre, haciendo limpieza -es decir, rebuscando- en tu habitación o al colgar tu chaqueta en el perchero, encuentra una caja de preservativos. Da igual que tengas veinte años o que tengas treinta. Hasta ese instante, el sexo es un asunto tabú. No hablas de sexo con tu madre. Es algo que se queda siempre al otro lado de la puerta. Como si no existiese. Estás con ella en el salón viendo la tele, aparece una pareja acostándose en una película cualquiera y a los dos se os encasquilla la respiración. No movéis un músculo. Nadie hace el más mínimo ruido. Son diez o doce segundos de parálisis durante los que ambos fingís una ridícula naturalidad artificial, pero lo último que quieres en ese momento es dar la impresión de querer decir algo sobre el tema. Cuando acaba, carraspeas espontáneamente y como si nada. Una situación absurda que se normaliza por completo en el instante en que tu madre descubre, al fin, que tú también lo practicas. Quién lo podría haber imaginado.

Ocurre algo similar con tu pareja la primera vez que, estando juntos, se te escapa una flatulencia. El primer pedo. A partir de ese hito la intimidad adquiere una nueva dimensión. Dos novios no son totalmente sinceros el uno con el otro hasta que acuden a su cita con los gases con normalidad y transparencia. Aunque no se oculten nada. Aunque no se guarden ningún secreto. La confianza mutua no está completa si uno todavía siente la obligación estética -e incluso moral- de ahorrarse una ventosidad. Cuesta superar esa barrera de corrección, pero una vez se ha rebasado, jamás vuelve uno a mirar atrás. De igual modo que, al llegar a una determinada edad y, por urgencia o despiste, baja uno a la calle por primera vez con zapatos, chándal y camisa. Es entonces cuando la elegancia nunca más se vuelve a imponer a la comodidad. Y, sinceramente, qué más da.

Lo cierto es que todos esos momentos que marcan un antes y un después no son fáciles de afrontar. De algún modo, uno se resiste a que llegue ese día en el que su madre le hable libremente sobre sexo, o que tenga que encenderse el primer cigarrillo delante de su padre, o que se le escape sin querer el primer cuesco delante de su pareja o que el confort sea tan valioso que ir bien vestido le dé igual. Sin embargo, hay algo bonito en avanzar. En seguir subiendo peldaños y averiguar cómo son las cosas un poco más allá.

De hecho, ojalá hubiese muchos más. Llegará un día en el que ya no queden ridículos puntos de inflexión que superar. En el que las cosas, esta vez sí, ya se van a quedar para siempre como están. Y entonces tal vez echemos de menos aquellos días felices en los que solíamos escondernos para fumar.

Solíamos escondernos para fumar
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