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Qué será lo que tiene el negro

Que otro discuta con tu mujer por ti puede implicar que acabes metido en un lío

Me ocurre cada vez que medito sobre algún compromiso incómodo, sobre alguna obligación pendiente que me provoca desgana o fastidio. Siempre me reconforta pensar que no soy yo quien tendrá que encargarse de cumplir con ese molesto deber, sino mi yo futuro. Puede consistir en algo serio o en cualquier pequeñez. Quizá se trate de una reunión con una persona desagradable con la que sabes que acabarás discutiendo. O tal vez el asunto se reduzca a cumplimentar un formulario ante la ventanilla de cualquier administración. Da lo mismo. No soy yo quien debe hacerlo. Mi presente está libre de esa responsabilidad. Quien debe llevarla a cabo es el Manuel de Lorenzo del día concreto en el que haya que ocuparse de esa cuestión. Y una vez llego a la conclusión de que será ese Manuel -y no yo- el que tiene que apechugar, me despreocupo.

Hace unos años pude comprobar que no soy el único que enfoca las cosas de este modo. También lo hacen los guionistas de Cómo conocí a vuestra madre. En una escena de la segunda temporada de la serie vemos al protagonista, Ted Mosby, tomando algo en un bar con sus amigos Barney y Robin. Dada la inminencia de la boda del compañero de piso de Ted, Barney le pregunta quién se va a quedar con el apartamento que ahora comparte, ya que uno de los dos compañeros de piso se tendrá que mudar. Robin comenta con tono confiado que seguramente Ted y su compañero, Marshall, ya han debatido sobre ese asunto, a lo que Ted responde que es algo hablado desde hace tiempo. Se produce en ese momento un flashback en el que Ted y Marshall están jugando a la consola, supuestamente varios años antes. Marshall le pregunta a Ted quién se quedará con el apartamento cuando alguno de los dos se case, a lo que Ted contesta: "¿Sabes quién se va a encargar de ese problema? Los Ted y Marshall del futuro". La acción regresa al bar y Ted exclama: "¡Maldito Ted del pasado!". 

No estoy hablando de procrastinar. Esto no consiste en dejar los asuntos molestos para más adelante sabiendo que antes o después tendrás que ocuparte de ellos, sino en darte cuenta de que no eres tú quien tiene el problema: es tu yo del futuro. A ti en realidad te da igual. Es alguien que no eres tú el que tendrá que encargarse. Lógicamente, la de Cómo conocí a vuestra madre es una escena cómica -la serie es una comedia- y la mía también es una reflexión que hago en tono de broma, pero reconozco que hay algo interesante en la esencia de esa idea: cuánto más sencilla es la vida cuando es otro el que hace el trabajo por ti. Y lo subrayo porque no es fácil encontrar ámbitos donde esto sea posible o en los que, al menos, no sea contraproducente ponerlo en práctica. En la esfera personal supone un problema. Que otro reforme tu casa por ti o discuta con tu mujer por ti puede implicar que acabes metido en un lío. Incluso si se trata de una experiencia sencilla y agradable, la cosa puede salir muy mal. No te interesa que alguien salga a cenar con tu pareja por ti o se vaya de vacaciones por ti. Esto resulta evidente.

Pero, a su vez, en el ámbito laboral también es cuestionable la eficacia de este método. Si trabajas en una oficina y es otro administrativo el que tiene que realizar tus funciones por ti, puedes acabar en la calle y con fama de vago. Lo mismo ocurriría si fueses operario en una fábrica o dependiente en una tienda. Si eres empresario y dejas que otros empresarios lleven tus negocios por ti, puedes acabar enfrentándote a una crisis financiera. Si eres presidente del gobierno y dejas que otros presidentes desempeñen tus funciones por ti, puedes acabar con diecisiete planes distintos de medidas y restricciones contra el covid en tu país. Sin embargo, hay una profesión en la que resulta muy útil dejar que sea otro el que se encargue de hacer el trabajo: la profesión de escritor.

Cuentan que, en cierta ocasión, Alejandro Dumas le preguntó a su hijo si había leído su nueva novela. Su hijo le contestó que no y a continuación añadió: "¿Y tú?". ¡Bienvenidos sean los negros literarios! ¿Qué habría sido de Dumas sin su ejército de más de setenta escritores fantasma? ¿Qué habría sido de nosotros sin Auguste Maquet y, por tanto, sin El conde de Montecristo o la trilogía de Los tres mosqueteros? ¿Qué habría sido de Molière sin Pierre Corneille? Si alguna vez resultó interesante leer a Harry Houdini fue porque sus artículos los había escrito en realidad H.P. Lovecraft. Si resultó interesante leer al tenista Maurice McLoughlin fue porque su negro era Sinclair Lewis. No se hacen ustedes una idea del tiempo que se puede uno ahorrar permitiendo que sea otro el que escriba sus textos. Y lo provechoso que resulta cuando el que los escribe es, además, un genio. Cuánto mejor habría quedado esta columna, de hecho, de haber tenido yo un buen negro.

Qué será lo que tiene el negro
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