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Ser o no ser sociable

CONVIENE TENER cuidado con las frases que uno dice delante de los niños. Nunca se sabe a cuál de ellas podrían terminar haciendo caso. Cuando yo era pequeño, por ejemplo, escuché cómo un psicólogo que a veces venía por mi colegio les comentaba a mis padres que yo era un niño poco sociable. Por suerte, ellos no le concedieron demasiada importancia al asunto. Al fin y al cabo, mi madre y mi padre tampoco eran Gunilla von Bismarck y Luis Ortiz, precisamente. Pero yo sí lo hice. De alguna manera, aquella frase me marcó. Y decidí que tenía que darle la vuelta a la situación.

Al día siguiente bajé a la calle con un billete de quinientas pesetas que había encontrado unas semanas antes entre los cojines de un sofá y que guardaba para emergencias. Me detuve en un quiosco que había entre mi casa y el parque y me lo gasté todo en chucherías. Quinientas pesetas en aquella época daban para una bolsa grande llena de gominolas, caramelos y chocolatinas, así que me dirigí hacia los columpios, enseñé clandestinamente la mercancía a los niños que estaban allí jugando y los reuní detrás de unos arbustos para dar buena cuenta del botín entre todos. Durante unos minutos, fui el niño más popular del barrio. Mientras el contenido de la bolsa duró, nadie tenía más amigos que yo. Mi decepción fue máxima al comprobar que, una vez agotadas las golosinas, volví a quedarme solo. Como mi madre me explicaría minutos después, uno no puede comprar a sus amigos y, además, gastarse quinientas pesetas en chucherías era una insensatez. No entiendo por qué el dueño del quiosco no me lo advirtió.

Ilustración para el blog de Manuel de Lorenzo. MARUXAYa que sobre la amistad no cabe el mercadeo —al menos a esas edades—, decidí que dejaría de ser poco sociable por imposición. Haciendo amigos a la fuerza. Un niño de la clase de mi hermano lo había invitado a asistir a su cumpleaños en una cafetería del centro, así que tuve la genial idea de apuntarme yo también a compadrear. Muerta de vergüenza, y tras exponerle mis motivos amable y razonadamente a base de gritos y lloros,mi madre le preguntó a la madre del cumpleañero si le importaba que yo asistiese. A la mujer no le pareció mal, pero los presentes, todos ellos amigos entre sí, se pasaron la tarde mirándome como si fuese un bicho raro. Que no supiese cuál era el nombre del niño homenajeado no ayudó. Que no llevase conmigo regalo alguno, tampoco.

Aquellas experiencias me hicieron desistir de mi empeño. Comprendí que tal vez nunca podría dejar de ser poco sociable. Y así he vivido toda mi vida. Convencido de mi misantropía. Hasta estas fiestas de San Froilán. El pasado domingo, mientras comía solo en la terraza de un restaurante, advertí cómo todo el mundo a mi alrededor se divertía entre amigos. En todas las mesas reían, bebían, contaban chistes, charlaban animadamente y se gastaban bromas. Pensé que por fin había llegado el momento de dejar de ser tan antisocial, así que me dirigí a una de esas mesas llenas de desconocidos, me senté entre ellos, me serví una copa de vino y empecé a contar chistes, a cantar y a darles palmadas en la espalda a mis compañeros. Cuando me alejaba corriendo de la terraza, después de ser insultado y empujado por aquellos salvajes, llegué a una feliz conclusión: el psicólogo del colegio se equivocaba. No soy yo quien es poco sociable. Lo son todos los demás.

Ser o no ser sociable
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