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Ser moderno

LO EXPLICA muy bien Terence Winter en el segundo capítulo de Vinyl. Lo importante, acaso lo más importante, es ser auténtico. No hay más verdad que esa. La idea se refleja con nitidez en las palabras de Richie Finestra al asistir por primera vez a un concierto de The Velvet Underground en un club de Manhattan con Andy Warhol y su séquito: "¿Escucháis eso? A eso me refiero con la verdad". Son puros y verdaderos. En absoluto preocupados por llegar a ser comerciales". Lou Reed, John Cale y compañía eran distintos a cualquiera y con eso bastaba. Su talento escribiendo canciones o interpretándolas era lo de menos. Les rodeaba esa aureola enigmática y cautivadora de quien se sabe integrante de alguna clase de élite. De quien es consciente de que lo único necesario para triunfar, además de poseer cierta elegancia expulsando la última bocanada de humo y apagando el cigarrillo, es ser moderno. No hace falta nada más.

La máxima es tan sencilla como impenetrable. Se trate del ámbito del que se trate –ya sea el diseño, el estilismo, la tecnología o cualquiera de las artes–, sólo será bueno aquello que guste a los modernos. Y a los modernos sólo les gustará lo que hagan los modernos. Sea o no sea bueno. Sota, caballo y rey. Es el lobby de la modernidad, por tanto, el que decide qué debe venerar y qué debe menospreciar el resto de la humanidad. Y los demás ya pueden pasarse la vida intentándolo.

Porque ser moderno consiste, precisamente, en ser un poco mejor que los demás. No tiene nada que ver con cómo te vistas, cuáles sean tus gustos y preferencias o en qué dirección se encaminen tus ideas. Basta con ser Lou Reed en 1966. Con estar de vuelta de todo. Con mostrar en cada uno de tus gestos, ya te estés pasando la mano por el flequillo o sorbiendo café en un bar, cuánto te pesa la vida común y corriente de los demás. Cuánto te duele la mediocridad. Lo mucho que te hastía lo mundano, las personas normales, la terrible vulgaridad. La pereza que te produce lo clásico y lo nuevo, que para ti ya es viejo. Y, sobre todo, tu indudable humildad. La poca importancia que le das al hecho de estar tan por encima de todos los demás.

Y es justo esa actitud la que explica que los términos moderno y esnob sean sinónimos. La voz inglesa "snob", resultante de la contracción de la frase latina sine nobilitate, encuentra su origen en la abreviatura que se anotaba en el siglo XIX al lado del nombre de los estudiantes de las universidades de Oxford y Cambridge que no procedían de familias nobles. Su uso se extendió con el paso del tiempo a todas las personas que imitan los modos e intereses de aquellos a quienes juzgan más distinguidos. Y de ahí que el moderno, que desprecia a la masa por considerarse superior a ella, no sea otra cosa que un esnob que sueña con medrar y convertirse en alguien a quien considera todavía más distinguido —y, en consecuencia, más moderno— que él.

Pero, ¿quién podría culparlo de ello? ¿Quién no querría ser un poco mejor que los demás y observar al resto del mundo por encima del hombro? Personalmente, nada me disgustaría más que ser normal. Me parecería un espanto. Tener que transitar por la vida diluido entre el pueblo llano, comportándome como uno más, ignorando qué se siente al ser Lou Reed en 1966.

Si tal desgracia me sucediese, en cualquier caso, jamás me rendiría. Siempre tendría la posibilidad de hacerme pasar por un moderno más. Porque el objetivo principal del moderno es que parezca en todo momento que le da igual ser moderno. Y qué mejor forma de fingir no ser moderno que no serlo en absoluto. La modernidad al fin se ha dado cuenta de ello y hoy en día no es infrecuente encontrarse con modernos escuchando lo que escucha todo el mundo, elogiando las series y películas que ve todo el mundo y vistiendo como viste todo el mundo. Pero no porque ellos estén dispuestos a hacer lo que todo el mundo hace. Eso jamás. El motivo es que, ya que de un moderno típico se espera que sea distinto a todos los demás, el auténtico moderno, que es demasiado moderno como para eso, hace todo lo contrario. Porque nada hay más moderno hoy que dejar de ser moderno. Pero sólo por fuera. Nunca por dentro.

Y lo opuesto a ser moderno es formar parte de la gente común y corriente. La misma cuya ignorancia destacábamos en esta misma columna la semana pasada. Casualmente, hubo un tiempo en que una de las cosas más modernas que había era escuchar los discos de Pulp y chapurrear el tema Common People en las fiestas modernas. Su cantante, Jarvis Cocker, un moderno de manual fingiendo no serlo, ofrece en sus versos una serie de consejos para todo aquel que, como la protagonista de la canción, arda en deseos de vivir como la gente normal y hacer todo aquello que la gente normal haga. "Te sorprende que exista esta gente [la gente normal] y ellos se cabrean mientras tú te preguntas por qué", dice en un momento dado la letra para, a continuación, rematar la moraleja explicando que bastará una llamada a papi para que todo vuelva a ser como antes.

Como es natural, hoy en día escuchar a Pulp no tiene nada de moderno. Y supongo que eso lo convierte al instante en una de las cosas más modernas que hay.

Ser moderno
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