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Roma: eso puedo hacerlo yo

HACE MUCHOS años, antes de que se me ocurriese ponerme a escribir siquiera la primera frase para una novela —mucho antes incluso de que considerase la posibilidad de escribir absolutamente nada—, cada vez que leía una obra de ficción cometía la imprudencia de infravalorar el trabajo realizado por su autor. La osadía de pensar que la creación de aquella historia, su desarrollo, su estructuración y hasta su propia escritura tampoco debían de haber resultado tan difíciles. Estaba seguro de que aquello que acababa de leer, a fin de cuentas, podía haberlo hecho yo. Repasaba las diferentes escenas del relato, reconstruía mentalmente los pasos que habría dado el escritor para armar la trama, trataba de averiguar y diseccionar el modo en que había generado tal o cual efecto narrativo, y por fin respiraba reconfortado al convencerme a mí mismo de que todo aquello no estaba tan lejos de mi alcance. De haber tenido barba en aquella época, esos momentos habrían sido los idóneos para fijar la vista con superioridad en ninguna parte y mesarla con satisfacción. Como cualquier otro idiota presuntuoso.

Cuando me senté a escribir por primera vez una novela, comprobé asombrado cómo sus páginas eran arrastradas por mi propia incompetencia hacia la alcantarilla más cercana. Descubrí que la composición de una novela está formada por imposibles. Es imposible tener una idea digna de una novela. Es imposible encontrar un enfoque digno para esa idea. Es imposible plantear una historia digna con ese enfoque. Es imposible concebir escenas dignas de esa historia. Y es imposible articular una narración digna a partir de esas escenas.

Pero a veces, cuando uno es capaz de combinar todos esos imposibles, de algún modo acaba surgiendo una posibilidad. Y en ciertos casos esta posibilidad se convierte en una novela aceptable. Yo voy a publicar la mía, la primera, dentro unos meses, pero me costó quince años y tres engendros literarios comprender que todo eso que leía, todo eso que me parecía tan asequible y que creía poder haber hecho yo mismo, jamás podría haberlo hecho yo.

La composición de una novela está formada por imposibles

Estos días uno se encuentra en la prensa y las redes sociales —todavía no son la misma cosa— innumerables opiniones sobre Roma, el largometraje de Alfonso Cuarón que opta a estar nominado como mejor filme de habla extranjera en los Oscar de 2019. Todo el mundo valora lo buena película que es y lo mala película que es. Se trata de uno de esos casos en los que la opinión pública se polariza y uno se siente un poco en la obligación de manifestar también su veredicto. Tal vez para que nadie sospeche que no se dispone de uno. Ya ha ocurrido antes con otras películas, con algunos libros, con varias series e incluso con algún que otro disco —el más reciente, el de Rosalía—. Supongo que los seres humanos siempre encontraremos el modo de subirnos a una roca para golpearnos salvajemente el pecho.

En el caso de Roma, es sencillo infravalorar el trabajo de su autor. Se trata de una película de una hora escasa encerrada en una película de dos horas y pico —algo que le ocurre también a algunas novelas de cien páginas, desparramadas a veces a lo largo de trescientas—. Si a Roma la privamos de algunos silencios, se quedaría más o menos en la mitad. Pero estaremos de acuerdo en que el silencio, aunque sea en exceso, también es una forma de narrar. Durante ese tiempo, lo que nos ofrece la cinta es un retrato. La fotografía exhaustiva de dos realidades muy distintas que conviven porque son dos caras de la misma realidad. Y como le ocurre a cualquier realidad que es retratada, durante ese proceso casi nada se mueve. Sencillamente, todo se queda estático frente a la cámara, que capta así cada mirada, cada sentimiento, cada acción y cada reacción. Y quienes observamos ese retrato entendemos qué nos está contando Cuarón. Qué está subrayando, qué está denunciando y qué está ensalzando. Sin necesidad de que el autor nos lo señale con un puntero. Por suerte para nosotros. Quienes no opinan lo mismo, llevan audioguía en los museos.

Pero lo realmente curioso es que uno tiene en todo momento la sensación de que no se le está contando nada. De que no hay nada que contar, aunque sea exactamente al revés. Una vez un amigo escritor me dijo que no se puede llenar una novela sólo con frases. Hace falta, sobre todo, una buena historia. En ese sentido, creo que Roma es aproximadamente lo contrario a La gran belleza. Contiene una historia fantástica, pero ni una sola de sus frases destaca. Justo al revés que la película de Sorrentino. La cinta de Cuarón es solamente una cámara retratando un momento en la vida de un grupo de personas. Y cuantas más vueltas le doy, menos puedo evitar pensar que, visto lo visto, eso puedo hacerlo yo.

Roma: eso puedo hacerlo yo
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