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El rey ha muerto, ¡viva el rey!

TODAVÍA recuerdo la decepción que me produjo descubrir, siendo yo un crío, que el luto oficial apenas tendría consecuencias en mi vida personal. Luto oficial era un término terrible. Casi desproporcionado. Uno se imaginaba a todo el país hundido, consumido por el desconsuelo. Más o menos como cuando Amaia y Alfred se la pegaron en Eurovisión. Mis vecinos deambularían por ahí cabizbajos —especialmente el del cuarto, que ya acostumbraba a hacerlo al salir del bar—. Mis amigos y yo bajaríamos al parque a confortar a otros niños y a reflexionar sobre la sustancia del no ser. Todos los posibles escenarios que ofrecía un hipotético luto oficial tenían algo de funesto.

Personalmente, yo estaba deseando que se produjese alguno. Ansiaba despertarme un día y que mi padre me explicase que se había muerto el rey. Solamente podía pensar en el magnífico luto oficial que eso supondría y en todos los días de colegio que me iba a perder. Hoy me parece espeluznante desear la muerte de alguien para librarse de ir a la escuela, pero en aquel entonces estaba convencido de que habría suficientes reyes de repuesto y, sobre todo, se daba la circunstancia de que mi lógica y mi moral se construían alrededor de un solo concepto: la pereza. Qué pereza me daba ir al colegio y qué pocos reyes se morían para evitarlo.

Más adelante descubrí que el luto oficial consistía, básicamente, en cancelar festejos y ondear banderas a media asta. Algo que a primera vista puede parecer la mayor ilusión de un niño, pero que en realidad no lo es tanto. Sin embargo, con los años también descubrí la mala prensa que tenía la pereza. Algunos la relacionaban con la pobreza. Para otros era un hábito indeseable. Los más excesivos me explicaban que resultaba vergonzosa porque constituía un pecado. Pero no un pecado cualquiera: un pecado capital. Y eso entraba directamente en la categoría de pecados mortales. ¡Mortales! Cuando yo, lo único que quería, con toda mi buena intención, era que se muriese el rey. ¿Cómo podía ser pecado tal cosa?

Nunca he entendido bien por qué la pereza sufre un desprecio semejante, cuando es a todas luces una virtud. Como recurso, sirve precisamente para no tener que hacer aquello que no te apetece. Las otras opciones son la negativa pura y dura, que siempre sienta mal; la mentira, que tiene mucha más lógica como pecado; y la sencilla inobservancia de tu deber, sin explicaciones ni argumentos, que suele decir muy fea. Pocas herramientas hay más útiles, por tanto, que la pereza, mediante la que se puede justificar el incumplimiento de una obligación sin necesidad de mentir, negarse o hacerse el avión.

El acto perezoso requiere, además, de altas dosis de energía. En realidad hay que ser muy activo para ser perezoso. Porque los minutos, cuando uno acude solícito al cumplimiento del deber, acostumbran a pasar rápido. Estás haciendo cosas. Mantienes la mente concentrada en una tarea. Pero cuando dejas de hacer algo porque te da pereza y continúas echado en el sofá, los minutos pasan muy despacio. Cada minuto puede durar un minuto y medio o dos. Las tardes ociosas se hacen eternas y se impone la necesidad de ser muy activo para poder llenarlas de cosas: ver la televisión, jugar a la consola, chatear por teléfono, dormir. Decía el filósofo que hay días que pasan más despacio que los años. El filósofo era, claramente, un perezoso.

CapturaAunque no todo vale. El arte de ser perezoso consiste en controlar la pereza. En ser capaz de dominarla y usarla a voluntad. Únicamente cuando es necesaria. Ser perezoso de forma constante puede conducir a la atrofia y, lo que es peor, a la irrelevancia. Pero serlo en el momento apropiado es una habilidad de valor incalculable. "No existe pasión más poderosa que la pasión de la pereza", escribió Samuel Beckett. Y es que, cuando uno por fin la gobierna a su antojo, cuando la aplica en el momento idóneo, justo en el instante en que menos le apetece hacer lo que sea, la pereza se convierte en un don.

Una vez alcanzada la vida adulta descubrí que, cuando un rey se muere, inmediatamente se pone otro en su lugar y todos tan contentos. Los juristas lo llaman principio de continuidad del estado. El famoso lema el rey ha muerto, ¡viva el rey!. Porque las cosas de palacio, aunque sea por un ratito, no pueden quedar sin atender. La historia nos ha enseñado lo peligroso que puede ser un interregno. Así que, aún en el caso de haberse muerto el rey, como yo quería de niño, mi felicidad habría sido momentánea. Y el luto oficial, en la práctica, se habría traducido en una bandera a media asta en un balcón. Cosa que siempre me ha parecido muy simpática porque tiendo a pensar que ese día la ha colocado un señor muy bajito que no llegaba hasta arriba. Pero eso lo dejaremos para otro día.

El rey ha muerto, ¡viva el rey!
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