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Qué vejez nos espera

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HAY UNA CUENTA en Twitter llamada Café Littéraire en cuya biografía se puede leer esta frase: "Les plus beaux extraits de textes de la littérature" (los extractos más bellos de textos de la literatura). Hace unos días esa cuenta compartió una foto de Capri en el año 1949. En ella se ve a un grupo de gente tomando algo frente al mar, en la magnífica terraza de un edificio típicamente mediterráneo. Algunas de esas personas están conversando, otras contemplan el paisaje, algunas bailan al fondo, entre las mesas. Ni rastro del siglo XXI. No hay teléfonos, tablets o altavoces bluetooth. Como extracto literario me parece impecable.

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Mi primer teléfono móvil me lo compraron mis padres cuando yo tenía dieciocho años. No lo necesitaba, pero a ellos les tranquilizaba saber que mediante aquel aparato podrían localizarme de vez en cuando. Hoy en día los niños tienen su primer teléfono a los diez años, aproximadamente. No me refiero al teléfono que los padres les prestan a veces para distraerse —para distraerse los padres, quiero decir—, sino a un teléfono propio, para su uso personal. El que me regalaron a mí hace dos décadas solo servía para llamar y enviar mensajes, pero cuando a estos niños se les entrega su primer teléfono en realidad se está instalando sobre la palma de su mano el acceso a un universo infinito. 

El mundo avanza cada vez más rápido. Hasta las pandemias lo hacen. La que se desató en el planeta a comienzos de 2020 comienza a remitir y apenas ha transcurrido un año y medio. Desde hace algunas décadas todo progresa a tal velocidad que el presente, el estado actual de las cosas, se vuelve efímero. A veces da la impresión de que vivimos en un relato de ciencia-ficción. Hace unos días, un hombre con una fortuna incomparable, presidente de una de las empresas más poderosas del mundo, viajó al espacio en una nave que él mismo había ordenado construir. Un hombre calvo y trajeado. Lo primero que pensé es que Superman aparecería de un momento a otro para frustrar sus planes. A Jeff Bezos solamente le falta una risa malvada y una estrategia de dominación mundial para ser Lex Luthor.

La tecnología avanza tan rápido que poco a poco nos va dejando atrás. A muchos ancianos los superó hace tiempo. Se les pide que se descarguen su pasaporte de vacunación a través de una app o que pidan cita previa online para acudir a su centro de salud. La mayoría no saben cómo utilizar el navegador, no saben cómo descargarse un documento en una app o directamente no tienen un smartphone. Pero el mundo ya los ha dejado atrás, no importa. El conocimiento de la humanidad se duplicaba cada cien años antes del siglo XIX, en 2010 lo hacía cada dos años y actualmente cada tres días. Esa clase de obsolescencia humana es algo que dentro de poco les ocurrirá a los que hoy entran en la tercera edad.

Y poco después, incluso antes de la edad a la que les tocó a ellos, nos sucederá a los que ahora rondamos los cuarenta.

Llegará un momento en el que viviremos tecnológicamente desconectados. No entenderemos nada. Como le ocurrió a mi padre en los 90 cuando intenté explicarle qué eran los megas en los videojuegos y me contestó que, por mucho que corriese, ese era un tren al que ya nunca conseguiría subirse. La pregunta es: ¿qué nos quedará entonces? ¿Sentarnos en una terraza a beber y a charlar, levantarnos de vez en cuando y ponernos a bailar, como la gente de esa foto de Capri en 1949? ¿Nos limitaremos a vivir a secas? Si no tenemos acceso a ese inmenso universo digital, ¿cómo haremos para diseñar y construir el relato de nuestra felicidad? ¿Cómo compartiremos los momentos que hoy en día tan meticulosamente seleccionamos para ser exhibidos, logrando que nuestra vida se parezca a la que en realidad nos gustaría tener?

¿De qué servirá ser felices en vivo si no tendremos forma de mostrarles a los demás lo felices que somos? ¿Cómo sabrán nuestros contactos y amigos lo bien que estamos, lo formidable que es el restaurante en el que nos encontramos, la estupenda compañía que tenemos? ¿Cómo sabrán que, en ese preciso momento, nos sentimos afortunados? Porque si no podemos publicarlo en ningún lado y nadie lo va a ver, ¿para qué sirve entonces esa felicidad? ¿Para quedárnosla nosotros? ¿Para repasarla con la memoria? ¿Para disfrutarla en privado, sin que nadie más sepa que estamos viviendo un momento espléndido? ¿Seremos como esos niños que todavía no tienen teléfono móvil pero juegan, se divierten y son felices solamente por el placer de serlo?

No alcanzo a imaginar lo terrible que debía de ser vivir como esa gente hace setenta años, disfrutando de un vermú en Capri, en una terraza frente al mar, charlando y bailando, sin poder enseñarle al resto del mundo lo envidiable que era su vida en ese instante. Qué espanto: la felicidad como fin y no como instrumento. Menuda distopía. Qué vejez nos espera.

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