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Qué gusto da equivocarse

OCURRE A veces. Especialmente, cuando más prisa tienes por llegar. Te pierdes en un laberinto de giros, ramales e intersecciones, confundido acaso por una maraña de indicaciones y señales lo bastante espesa y caótica como para resultar inútil. Cuando te quieres dar cuenta, es demasiado tarde. Has tomado la salida que no es y no sabes dónde estás ni cómo regresar al punto de partida. Poco a poco, te hundes en las profundidades de una carretera secundaria despoblada que te va engullendo a lo largo de un trayecto en el que, sin éxito, tratas de distinguir algo familiar, algo reconocible a lo que poder agarrarte con la tranquilidad con la que se agarra uno a un salvavidas bajo la tormenta en el medio del océano. Pero no lo hay. Y estás perdido. Sea cual sea el lugar en el que ahora mismo te encuentres. Y lo único en lo que piensas mientras observas el horizonte en tu espejo retrovisor es que tomar aquella salida, hace ya tres valles y dos riachuelos, fue una equivocación.dibujo confuso y abstracto

Pero entonces, agotada ya toda esperanza, comienzas a mirar hacia adelante. Y tropiezas con nuevos valles. Y con nuevos riachuelos. Y con el fresco y verde mar de las praderas. Y contemplas al fondo las montañas, custodiando solemnes el paisaje desde lo alto. Y las mínimas aldeas que parecen brotar al azar en sus laderas. Y comienzas a pensar que tal vez no sea tan desgraciada tu suerte. Que tal vez ese camino caduco y tortuoso resulte incluso agradable. Y que tampoco pasa nada por dar un pequeño rodeo y tardar un poco más en llegar. Es en ese instante cuando el error empieza a adquirir la forma de un acierto. Y de pronto tú te alegras de haber tomado aquella salida, hace ya cinco valles y cuatro riachuelos. Porque el paseo involuntario, su magnífico entorno y su calma perfecta, está mereciendo la pena. Y no lo habrías disfrutado, aunque no fuese tu intención, de no haber sido por aquella equivocación.

La conclusión es inevitable: qué gusto da equivocarse a veces. Cometer un error imperdonable y estupendo que nos satisface más que el propio acierto. Fallar bien. Tomar una mala decisión, una decisión errónea, y sin embargo, a la vista de las consecuencias, alegrarnos de no haber tomado la correcta.

La semana pasada, mientras cenábamos, una amiga me contó una historia sorprendente que yo desconocía. Hace quince años, cuando no existían los teléfonos inteligentes ni el WhatsApp y las redes sociales se reducían a media docena de taburetes en semicírculo en una esquina de la barra de un bar, recibió un mensaje de texto -aquellos SMS en una pantalla minúscula en blanco y negro nos parecían entonces ciencia ficción- de alguien que le preguntaba si la vería aquella noche en la fiesta. Ella comprendió que se trataba de una equivocación. Ni pensaba asistir a una fiesta aquella noche ni existía la posibilidad de recibir un mensaje así de un conocido. Así que le contestó a quien fuese que se había confundido. 

Al cabo de un rato, recibió otro SMS que provenía del mismo teléfono. Decía que, a pesar del error, tal vez podían encontrarse igualmente en la fiesta. Una respuesta que, quizá por inesperada y misteriosa, cautivó sutilmente a mi amiga. No se vieron esa noche, pero continuaron escribiéndose durante meses hasta que, por fin, casi un año después, se conocieron en persona. A día de hoy, aquel desconocido que se equivocó de número hace quince años es su marido y el amor de su vida. Pocas dudas le quedan a mi amiga de que a veces una equivocación puede ser el más oportuno de los errores.

La última persona en la que se me ocurriría confiar es en aquella que asegura no equivocarse jamás


Pero incluso cuando la equivocación no nos complace, cuando no nos satisface más que al acierto, cuando la equivocación es dolorosa o molesta y lamentamos haber fallado, también entonces resulta agradable equivocarse de vez en cuando. Meter la pata hasta el fondo y sin remedio. Y resulta agradable porque, de alguna forma, te libera. Te permite volver a fallar. Devalúa el fracaso. No equivocarse nunca, ni una sola vez, constituye una singular clase de aberración. Lo bonito de equivocarse es, precisamente, la libertad para equivocarse. La última persona en la que se me ocurriría confiar es en aquella que asegura no equivocarse jamás. Porque todos lo hacemos. Constantemente.

Lo sintetizaba a la perfección en una sola frase la novelista y dramaturga Jean Kerr cuando confesaba que ella también cometía errores. "Seré la segunda en admitirlo", añadía a continuación. De eso se trata.