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Qué difícil es ser padre

Es curiosa la forma en que uno se reconoce a sí mismo en otros padres

LA SEMANA PASADA vi algo en Twitter que me pareció muy emotivo. Un tuitero —su nombre de usuario es Garrafa— publicaba la foto de la agenda que le había regalado a su hija mayor, ya que este año se marcha a la universidad. En la portada de la agenda se podía leer lo siguiente: "A mi hija: no olvides nunca que te quiero. Espero que creas en ti misma tanto como yo creo en ti. Dondequiera que te lleve tu viaje en la vida, rezo para que siempre estés a salvo. Disfruta del trayecto y no olvides nunca el camino de vuelta a casa. No puedo prometerte que estaré aquí durante el resto de tu vida, pero puedo prometerte que te querré durante el resto de la mía. Con amor, papá". Es curiosa la forma en que uno se reconoce a sí mismo en otros padres: todos tenemos miedos y anhelos parecidos; todos desarrollamos el mismo instinto de protección.

Padres

Llega un momento en la vida de tu hijo en el que comprendes que no puedes estar siempre a su lado. No te queda más remedio que comprenderlo. Recuerdo la sensación de inquietud que me produjo soltar la mano de Julia y separarme de ella en su primer día de colegio, cuando todavía tenía dos años. Todos los niños de su clase formaban una fila en el patio esperando para entrar en clase y tu labor como padre consistía sencillamente en dejarla allí, entre sus nuevos compañeros, explicarle que tenía que ir con ellos hasta el interior del edificio y marcharte por donde habías venido. La coloqué en el final de la cola y di unos pasos hacia atrás, observando cómo comenzaban a caminar en hilera detrás de la profesora. Mientras se alejaban, Julia volvió la cabeza y me miró con ojos tristes pero tranquilos. Mientras yo le sonriese cariñosamente y asintiese, mientras ella viese en mi cara que no había nada de lo que preocuparse, seguiría caminando, aunque no entendiese por qué yo no iba con ella. Miró de nuevo hacia adelante y desapareció por una de las puertas, rodeada de desconocidos en un lugar en el que no había estado nunca.

Estoy seguro de que recordaré esa mirada toda mi vida. Y estoy seguro de que volveré a verla en más de una ocasión. Esa mirada que, en un momento de incertidumbre o confusión, necesita refugiarse en la tuya para saber que todo está bien. Y a la que tú respondes con rostro sereno y confiado, aunque en el fondo también tengas miedo y lo único que desees es mandarlo todo al carajo, sacar a tu hija de esa fila de niños y llevártela contigo a pasar todo el día juntos por ahí. Pero no lo haces, porque eres su padre y sabes que es lo mejor para tu hija. Y también sabes que, aunque vuelvas a ver esa mirada la primera vez que se vaya de excursión, será bueno para ella descubrir cosas nuevas y estrechar lazos con sus compañeros. Y aunque vuelvas a verla la primera vez que se vaya de campamento un par de semanas, sabes que será bueno para ella aprender a desenvolverse sola y a gestionar su independencia, compartiendo espacio y rutinas con otras personas fuera de casa. Y seguramente volverás a verla cuando se vaya de intercambio, en la adolescencia. Y también la verás de nuevo cuando la lleves a la estación de tren porque se marcha a la universidad.

La próxima semana, Julia tiene que ir al médico. Y lo va a pasar mal. A la niña no le ocurre nada malo, pero es una de esas ocasiones en las que a los médicos no les queda más remedio que hacerte algo de daño. Por tu bien. Ella todavía no lo sabe, pero en cuanto entremos se dará cuenta de que esta visita al médico no va a ser como las demás. Y entonces me mirará o mirará a su madre, porque necesitará saber que no pasa nada. Necesitará saber, una vez más, que si nosotros estamos tranquilos, ella puede estar tranquila. Pero confieso que esta vez no sé muy bien qué mirada poner. No me parece bien sonreírle con cariño y asentir, cuando a los pocos instantes lo va a pasar tan mal. No me parece bien traicionarla. Lo más probable es que sienta ganas de mandarlo todo al carajo, sacarla de allí y llevármela conmigo a pasar todo el día juntos por ahí. Pero no lo voy a hacer. Por el mismo motivo por el que querría hacerlo: porque soy su padre.

La frase que más me llama la atención de la portada de la agenda a la que me refería al comienzo es "dondequiera que te lleve tu viaje en la vida, rezo para que siempre estés a salvo". Ser padre también consiste en asumir que no puedes encargarte en todo momento de que tus hijos estén bien. De que tus hijos estén a salvo. Solamente puedes desear que sea así. Esperar que sea así. Confiar en que sea así. Y, joder, qué difícil es eso. Qué difícil es entender que la mayoría de las veces su seguridad no estará en tu mano. Qué difícil es soltar la mano de tu hija y quedarte a un lado. Qué difícil es ser padre...

Qué difícil es ser padre
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