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Preferiría no morirme

HACE UNOS días, mientras venía conduciendo por la autopista hacia mi casa después de ir a la radio, decidí que aquel era un buen momento para matarme. También decidí poner el intermitente en un momento dado, pero ese es otro tema.

La mayoría de las veces conducimos nuestro coche desde algún lugar remoto al otro lado de la ventanilla. A veces lo hacemos incluso desde más allá del horizonte, a docenas de kilómetros de donde nos encontramos. Aceleramos, adelantamos, tomamos curvas a ciento veinte kilómetros por hora mientras planificamos las próximas vacaciones, o decidimos lo que vamos a cenar esa noche o hacemos conjeturas sobre quién ganará la liga. Aquel día yo venía pensando en la muerte. En asuntos triviales como lo poco que hace falta para morirse y, al mismo tiempo, en lo imprescindible que es el único requisito que se exige para ello y que consiste, básicamente, en estar vivo.

​Pensaba, por ejemplo, en lo sencillo que es perder la vida. No requiere de ninguna habilidad específica. Bastaría con un golpe brusco de volante en el momento adecuado. Podría esperar a estar atravesando algún viaducto elevado. Uno que cruzase un barranco abrupto o un valle pedregoso y escarpado. Donde el golpe fuese definitivo. En estas cosas, al fin y al cabo, conviene no arriesgar. Es mejor asegurar el resultado.

Me imaginaba dirigiendo el coche contra el lateral de la autopista y precipitándome al vacío. Repasaba mentalmente todos esos segundos. La caída. El golpe. El aspecto del viaducto visto desde abajo, una vez muerto. Me interesaban todos y cada uno de los detalles. Quería prestar atención. Estar concentrado. Ser consciente en todo momento de cómo se desarrolla un proceso tan determinante como la muerte. Un punto de inflexión en el devenir de los acontecimientos que, salvo excepciones muy contadas, le cambia la vida a cualquiera.

Y quería hacerlo porque, normalmente, la muerte de uno es algo que sólo experimentan los demás. Tú eres el único que no está presente. Si ha llegado a tus oídos la noticia de que alguien se ha muerto, entonces no has sido tú. La idea se resume en una frase genial de Woody Allen: "No temo a la muerte, sólo que no me gustaría estar allí cuando suceda". Morirse es, para el que se muere, posiblemente el momento más trascendente y a la vez más intrascendente de la vida. "Siempre son los demás los que se mueren", que diría Marcel Duchamp. Yo venía conduciendo y pensando en matarme para poder decir a todo el mundo que a mí la muerte no me había cogido despistado. Quería estar allí para contarlo.

Porque, en realidad, nadie presta demasiada atención a ese instante. Al momento exacto en el que la vida se va. Lo normal es que la gente, en ese segundo crucial, ocupe sus pensamientos en otros asuntos, como por ejemplo en no morirse, y no atienda al propio desarrollo de su fallecimiento. Nadie está pendiente del tránsito. Del paso concreto desde este lado al otro lado. Nadie encuentra un hueco para exclamar: "¡Ah, sí, lo he notado, he notado algo, creo que acabo de morirme ahora mismo!". La gente cree más bien que morirse es algo similar a dejarse ir, aunque las circunstancias sean repentinas, de un modo parecido a como lo describe Juan Rulfo en La vida no es muy seria en sus cosas, donde describe la muerte como "un río que va creciendo paso a paso, y va empujando las aguas viejas y las cubre lentamente".

Y en el fondo, tal vez sea un poco así. Quizá dependa de cómo se mire. Puede que el momento exacto de la muerte apenas dure un segundo, en efecto. Un instante casi inapreciable. Lo que dura el último aliento. Pero a lo mejor, desde un punto de vista más amplio, morirse también es una de esas cosas que le llevan a uno la vida entera. Como pagar una hipoteca, que en sentido estricto sólo pagas una vez, pero la estás pagando siempre. O alcanzar tu peso ideal. O ver al Atlético de Madrid ganar su primera Champions. Llega un momento en el que comprendes que, aunque hay cosas que sólo ocurren una vez, llevas toda la vida instalado en su preámbulo. En el paso inmediatamente anterior a que sucedan.

A Roberto Bolaño le preguntaron una vez por las cosas que le gustaría hacer antes de morirse, a lo que el escritor chileno contestó: "Preferiría no morirme". Yo venía pensando en esto. No podía entender qué clase de insensato podría afirmar algo así. Venía dándole vueltas a esa frase como quien planifica las próximas vacaciones, o decide lo que va a cenar esa noche o hace conjeturas sobre quién ganará la liga. Y cuando me di cuenta había venido conduciendo hasta casa y estaba frente a la puerta del garaje.

"Otra vez me he olvidado de matarme", dije al entrar. Menos mal que en mi familia ya saben que para estas cosas soy un desastre.

Preferiría no morirme
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