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Por qué odio Madrid

MADRID ES una ciudad excesiva. Cada vez que la visito, recuerdo aquella frase absoluta con la que Borges se refiere a la Ciudad de los Inmortales en El inmortal: «Los dioses que la edificaron han muerto». Nada la ampara ya. Se encuentra a merced de la corriente. Y a esta impresión, como observa el autor, «se agregan otras: la de lo interminable, la de lo atroz, la de lo complejamente insensato». Creo que no exagero si digo que durante el viaje de regreso a casa, atropellado entre otros pensamientos, suele emerger uno que lo inunda todo: odio irremediablemente Madrid.

Odio su desorden y su condición de impredecible. Uno puede bajar a la calle un martes a las diez y media de la noche para satisfacer alguna necesidad básica imperiosa, como comprar un lápiz en una tienda 24 horas o extraer un paquete de chicles de una máquina expendedora, y encontrarse con algún amigo que lo convenza para tomarse un par de cañas en un bar cercano, donde quizá conozca a alguien que le presente a su pandilla y terminen todos de fiesta en un local estupendo para después tomar la última en una fiesta privada que se celebra en el piso de uno de ellos y regresar a casa de día, un miércoles por la mañana, doce horas después de haber bajado a la calle y sin rastro del lápiz o de los chicles.

Odio sus posibilidades. Odio que haya tantos tipos de restaurantes y tantas obras en cartelera y tantos cines alternativos y museos y circuitos de karts y cursos de sushi y de flamenco y de fotografía y circos y parques y boleras y bibliotecas y bares y pistas de patinaje y catas de vinos y librerías y visitas guiadas y espectáculos callejeros y tascas y salas de conciertos. Odio disponer de tantas opciones. Odio lo inabordable de Madrid, para el que hacen falta semanas de diez días. Qué sencillas son las cosas cuando algunas noches tienes que elegir, como máximo, entre pizza, hamburguesa o chino.

Odio Madrid porque allí residen algunos de mis mejores amigos, a los que ya casi nunca veo. Odio que Madrid los retenga. Odio tener que conformarme con visitarlos de vez en cuando o reunirnos una sola vez al año, ya sea en Navidad o durante el verano, cuando todos coincidimos alrededor de una mesa caprichosa frente al mar. Odio no poder llamarlos para quedar un jueves cualquiera, cuando el día ha sido tan normal y anodino que necesitas correr a contárselo a un amigo de verdad. Odio lo lejos que está Madrid, aunque esté tan cerca.

Me gusta porque hay cosas que solo ocurren en Madrid

Y odio mis recuerdos de Madrid. Odio aquellas noches magníficas en el piso de Princesa con Andrés, Rodrigo, Jorge y Miguel cuando teníamos diecinueve años. Y las preciosas mañanas de niebla y de lluvia en aquel estudio de Lavapiés. Odio las vacaciones de agosto que pasamos en un apartamento en Fuencarral. Y ese restaurante pakistaní que hay la Costanilla de los Ángeles, cerca de la Plaza de Santo Domingo, en el que estuvimos una tarde entera a puerta cerrada comiendo, bebiendo y riendo. Paradójicamente, son demasiados recuerdos como para acordarme de todos.

Por todo eso odio Madrid. Por sus dioses muertos. Por lo interminable. Por lo complejamente insensato. Pero sobre todo por lo impredecible. Por lo inabordable. Por lo viva que está. Odio Madrid por lo mucho que me gusta. Y me gusta porque hay cosas que sólo ocurren en Madrid. Resulta imposible no odiarla.

Por qué odio Madrid
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