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Una pizza, un helado y una caña de chocolate

SIEMPRE QUE regresamos juntos a casa por la noche, mi amigo Miguel Diéguez y yo nos detenemos en una pizzería de esas que abren a cualquier hora, incluso a mediodía, y pedimos una pizza para llevar. "Después de unas copas conviene comer algo para que el alcohol no haga daño", nos decimos el uno al otro dándonos la razón sin reservas, convenciéndonos de que, por nuestro bien, por el bien de nuestro estómago, lo más adecuado es pedir una familiar con doble de bacon y extra de queso. Como si ésa no fuese, por sí misma, la opción más inteligente.

Abrimos la caja en cuanto salimos de la pizzería. Con el tiempo, ese resopón se ha convertido en una especie de ritual. Vamos arrancando pedazos con la mano, desgarrando la masa sin piedad, engullendo cada porción mientras caminamos y charlamos sobre cualquier asunto peregrino. Es un proceso basto y rudimentario. Tiene algo de primitivo. Como si esa pizza fuese nuestra presa, el resultado de una cacería exitosa que hace del regreso un paseo triunfante, lleno de complicidad, de risas con la boca llena y de camaradería. Puede que haya llegado un punto, después de tantos años, en el que lo mejor de salir por la noche sea la vuelta a casa.

​Y se trata de una inversión de lo natural que, en realidad, se produce en muchos otros ámbitos. En concreto, cada vez que lo accesorio acaba adquiriendo más relevancia que lo principal. De repente te das cuenta de que lo más importante de un acontecimiento, de una cena con la familia, de un viaje en coche, son los detalles insignificantes que lo rodean. Esas pequeñas cosas sin trascendencia, de carácter puramente accidental, que terminan volviéndose más sustanciales que ninguna otra. Me ocurre hoy con las sobremesas entre amigos, que se han convertido en la razón por la que nos juntamos para comer. O con las tardes en la biblioteca, cuyas horas de calma y silencio han acabado teniendo más peso que la propia lectura. Es una sensación estupenda que, si la memoria no me falla, tuve por primera vez de niño en el colegio Salesianos de Ourense, donde estudiábamos mi hermano y yo. Y la culpa la tuvieron un helado y una caña de chocolate.

Todos los años, el 31 de enero y el 24 de mayo se celebraban respectivamente las fiestas de Don Bosco y María Auxiliadora. El patio se llenaba de actividades en las que participábamos todos los alumnos del centro, que por la mañana salíamos de casa henchidos de infancia, tuviésemos diez años o tuviésemos quince, porque eran de días de ocio, entretenimiento y festejos.

Pero además de la propia celebración, había algo que diferenciaba aquellos días de todos los demás. Algo mínimo, aparentemente sin importancia, que no significaba nada pero lo significaba todo: a primera hora, después de la misa, a todos los chavales nos daban una caña de chocolate el 31 de enero y un helado el 24 de mayo. Era una bobada, podías ir al quiosco y comprarlos tú mismo cualquier otro día, pero aquella singularidad, aquel pequeño detalle que distinguía a esos días de todos los demás, acabó convirtiéndose en lo mejor de las fiestas.

Hoy todavía recuerdo con cariño aquella caña y aquel helado cada vez que llega el día de Don Bosco y de María Auxiliadora. El próximo 24 de mayo, de hecho, le contaré esta historia por la noche a Miguel.

Acabo de ver que es el próximo jueves. Pues nada, habrá que salir.

*Ilustración de MARUXA.

Una pizza, un helado y una caña de chocolate
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