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Pesadilla antes de Halloween

CapturaMI MUJER siempre se acuerda de todo lo que ha soñado la noche anterior. Lo sé porque acostumbra a contármelo cada mañana, mientras desayunamos, como en el famoso cuento de Raymond Carver.

En mi opinión, se trata de un don abominable. De un talento cruel. Recordar todos los detalles de lo que has soñado se parece a alguna extraña forma de tortura. Es como si también vivieses mientras duermes. Como si permanecieses despierto durante el sueño. No se produce nunca una desconexión. Nunca te apagas. Nunca descansas. Curiosamente, a ella le satisface mucho esa rara habilidad de su memoria, que abarca sin remedio las veinticuatro horas del día. No comprendo cómo puede soportar semejante fatiga.

Por fortuna, son muy escasas las veces que yo recuerdo lo que he soñado durante la noche. Quizá en alguna ocasión, nada más despertar, mi mente sí se mantuvo encasquillada durante unos minutos en alguna imagen nítida del sueño anterior, pero por lo general apenas soy capaz de retener algunos ecos y sombras imprecisas. Piezas sueltas e inconexas que no alcanzan para dar forma concreta a un recuerdo. Que se quedan en meras sensaciones o estados de ánimo.

Salvo cuando se trata de una pesadilla. Las pesadillas están hechas de un material distinto al de los sueños. Tienen algo de pegajoso. Se adhieren a tu consciencia desde lo más profundo, como si, de algún modo inexplicable, también formasen parte de la realidad. Te despiertas y siguen ahí. Confundiéndote. Haciéndote dudar. A diferencia del carácter etéreo de los sueños, las pesadillas participan de cierta naturaleza tangible. Si no las olvidas es porque constituyen algo auténtico y sólido que te acaba de suceder de verdad.

Y quizá sea esa inmediatez en el tiempo la que explique su particular esencia. Entre una pesadilla y la realidad no hay solución de continuidad. De un sueño uno se despierta de forma progresiva, como si cruzase una niebla irreal, abandonando la orilla de un mundo para llegar a la orilla del otro y después despertar. Pero de una pesadilla no te despiertas. Una pesadilla te escupe. Te expulsa de sí misma. Vuelves en ti con la sensación de haber estado braceando desesperadamente en un pozo de fango que de repente te vomita con violencia sobre la superficie.

Pero el proceso es inmediato. Hace un instante estabas allí. Despiertas de golpe y eres perfectamente consciente de dónde has estado, de qué te ha pasado. Y por eso el recuerdo de la pesadilla se queda contigo hasta que empiezas a convencerte a ti mismo de que quizá nada haya sido real. Poco a poco vas notando cómo ese recuerdo se va difuminando, se va diluyendo entre los minutos y las horas de la mañana, se va sumiendo —como los sueños, pero demasiado tarde— en aquella niebla irreal que debía haberte devuelto a la realidad de forma serena. Pero es algo que sucede mucho después.

Al principio todo es agitación. A veces se habla de la sensación de alivio, casi de placer, que se experimenta al regresar de una pesadilla, pero esto no es cierto. Esa sensación no sobreviene hasta que la mente se recompone y distingue lo onírico de lo real. Mientras tanto eres presa de la tensión y de la incertidumbre. Vuelves en ti nervioso, agarrotado, inmerso en una profunda angustia. Como si llevases demasiado tiempo sumergido y de repente pudieses volver a respirar. Y lo haces, respiras, pero respiras atropelladamente. Y todo es desorden y confusión.

Y te das cuenta de que en ese lugar del que provienes estabas solo. Uno siempre está solo en sus pesadillas. O bien tú eres el único que forma parte de ellas o bien estás rodeado de gente pero la desgracia sólo te ocurre a ti. Incluso cuando la pesadilla consiste en el dolor que te provoca una desgracia sufrida por otro, tú te sientes alejado de esa desgracia , inhumanamente alejado de ella y únicamente rodeado por tu dolor. Y al despertar buscas a alguien a tu lado. O en alguna otra habitación de la casa. O en tu teléfono. O en tu memoria. Pero necesitas desprenderte de esa clase única y terrible de soledad.

Quedan solamente unos días para Halloween y esta mañana me he despertado bruscamente y aterrorizado. Casi paralizado por la peor pesadilla que he sufrido en toda mi vida. Me levanté y me dirigí al pasillo sin saber si aquello que acababa de vivir había sucedido realmente o no. El recuerdo era tan vivo que lo hacía indistinguible de la realidad. Mi mujer se había despertado un poco antes que yo y se encontraba en la cocina preparando café. Al llegar me detuve en la puerta y me apoyé contra el marco, observándola en silencio. Ella se dio cuenta de que me ocurría algo y me preguntó si había tenido un "mal sueño". Le contesté que prefería no recordarlo.

Pesadilla antes de Halloween
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