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Pequeños placeres inútiles

EN LA tranquilidad del 1 de enero, cuando el primer sol del año va extinguiendo la Nochevieja y medio país la despide con chocolate caliente o una última copa, la ciudad de Betanzos amanece envuelta en el ambiente inquieto y bullicioso de un día de feria. Es la mañana en la que los visitantes acuden al mercado a curiosear, a dar un paseo o a concederse un capricho, pero, sobre todo, es la mañana en la que los brigantinos inauguran el año comprando zapatillas de andar por casa. Pantuflas de toda la vida. Tal y como manda la tradición.

Todavía trajeados y con ocho horas de verbena en la sangre, los últimos trasnochadores se mezclan con los clientes más tempraneros entre las casetas y los puestos de comida. Haya mediado o no el chocolate con churros, el año no comienza oficialmente hasta que uno se acerca a la feria a comprar pantuflas nuevas. Ya habrá tiempo para dormir después. Se termina la fiesta, se compran pantuflas para los doce meses siguientes y a la cama.

Es una costumbre magnífica. Conviven en ella, sin fricciones, la singularidad y la cotidianidad. Son las tradiciones como esa, insólitas y particulares, las que merece la pena conservar. Especialmente si se trata de tradiciones familiares. En mi casa, por ejemplo, era mi abuelo quien, todos los años, al llegar el frío y el magosto y la matanza del cerdo, cogía su coche una mañana bien temprano, una de esas mañanas pálidas y luminosas de noviembre, y conducía hasta Barrantes, Ribadumia, para comprar vino nuevo. Siempre en la misma bodega familiar. Siempre al mismo cosechero. Hoy es mi tío quien mantiene esa rutina y será mi primo, su hijo, quien la continúe.


Les recomiendo que aprovechen esos quince minutos de información meteorológica para extraviar su mirada más allá del televisor, al otro lado de alguna parte


Mi padre no era hombre de tradiciones llamativas, pero sí de costumbres sólidas y bien enraizadas. Todo en él era método y, a base de insistencia, costumbre. Una de las cosas que más le gustaba hacer -y que a mí, de niño, más me gustaba verle hacer- era sentarse frente al televisor al terminar de comer, cuando el telediario estaba acabando, y dejarse cautivar por la previsión del tiempo. La veía entera. De principio a fin. Incluyendo la de las diecisiete comunidades autónomas, la de Ceuta y Melilla, la relativa al estado del mar, la de la velocidad y dirección del viento y los mapas de isobaras. Se quedaba allí sentado observando en silencio. Como si estuviese descifrando un código secreto o aguardando alguna clase de señal. Me gustaba imaginármelo levantándose de repente del sofá y diciendo: "Ha sucedido, tenemos que irnos". A él le bastaba con mirar.

A veces me daba la impresión de que, mientras mi padre veía el tiempo, en realidad no veía nada. O lo veía todo a través de él. La previsión meteorológica solamente era un pretexto para acomodarse en su butaca y desconectar del mundo durante quince minutos. De alguna forma, aquel paréntesis, aquel remanso tranquilo que se ocultaba entre la temperatura mínima de Soria y la altura del oleaje en el Cabo de Palos, le proporcionaba una extraordinaria sensación de serenidad.

Era un modo de desaparecer como otro cualquiera. A veces, cuando se tienen demasiadas cosas que hacer, lo mejor es empezar por no hacer absolutamente nada. Aunque mientras tanto uno finja perderse en el runrún de la información meteorológica. Había algo agradable en aquella íntima pérdida de tiempo. En sentarse distraído a dejar que los minutos pasasen sin más. Como quien cierra los ojos contra el viento en una tarde de verano. Qué sería de nosotros sin esos pequeños placeres inútiles y espléndidos que, aunque resulten insignificantes para el mundo, en nuestro universo tienen todo el sentido.

Como terminar sin ayuda el crucigrama de los domingos. O enlazar cuatro o cinco semáforos seguidos en verde. O sacar un pie por debajo del nórdico para dormir. O releer los mejores párrafos de tu novela favorita. O encestar desde lejos en la papelera. O aplastar con el tenedor las patatas cocidas. O poner la radio y que comience a sonar tu canción preferida. O placeres todavía más privados como sentarse después de comer frente al televisor para sumergirse durante un rato en la previsión del tiempo.

Es bonito comprobar cómo algunas de esas costumbres, las que pueden hacerlo, se convierten en tradición. Ahora, muchos años después, soy yo el que, todos los días, después del telediario, desaparece durante un rato entre altas y bajas presiones y vientos de componente sur. Les recomiendo que, si disponen de tiempo, aprovechen esos quince minutos de información meteorológica para extraviar su mirada más allá del televisor, al otro lado de alguna parte. Para dejar la mente en blanco e iniciar así su propia tradición.

Y si no, siempre pueden ir el día 1 de enero por la mañana a Betanzos para comprar pantuflas. Que nunca vienen mal.

Pequeños placeres inútiles
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