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Para qué sirve entonces la vida

HACE UN PAR de semanas, durante una entrevista en el programa La Resistencia, Paco León le comentó a David Broncano que su patrimonio no era tan alto como uno podría pensar. Que no tenía tanto dinero como parecía. Reconoció que había ganado una fortuna coprotagonizando con Carmen Machi la serie Aída, pero aclaró que las cosas ya no eran como antes. Que se había visto obligado a pagar una gran cantidad de impuestos a Hacienda, que tenía un montón de hipotecas, que ya no trabajaba tanto como hace unos años… En fin, le estaban preguntando de forma directa cuánto dinero tenía, es perfectamente comprensible su respuesta. La otra opción era decir la verdad.

Lo que me agradó de su divagación es que, en un momento dado, motivado por un aparente arrebato de sinceridad, mencionó que de vez en cuando le gusta tirar el dinero. La sensación de estar tirando el dinero. Doy por hecho que se estaba refiriendo al momento en que eres consciente del despilfarro. Esos segundos durante los que sabes que estás malgastando, durante los que incluso llegas a dudar, durante los que te dices a ti mismo que quizá no deberías permitirte semejante derroche, pero al final piensas: “Qué diablos, un día es un día”. Entiendo que se refería a esa deliciosa precipitación. A esa maravillosa irresponsabilidad momentánea. Puede que al día siguiente te arrepientas, sospechas que no deberías hacer lo que estás a punto de hacer, pero de eso ya te encargarás más adelante, cuando te corresponda hacerlo. Lo que más te apetece en ese instante es concederte ese capricho y lo haces. Sin detenerte a analizar su oportunidad o su conveniencia. Me gustó escuchar a Paco León decir en la entrevista eso de que de vez en cuando le gustaba tirar el dinero, porque es una sensación estúpida, ridícula y magnífica que también me gusta tener de vez en cuando a mí.

Pero no por el hecho de tirar el dinero en sí. No encuentro nada satisfactorio en salir al balcón y desmenuzar unas cuantas monedas sobre el capó de un coche aparcado en la calle. No se trata de quemar billetes con un mechero. Me gusta la sensación de estar permitiéndome un despilfarro innecesario y precipitado porque hay algo apasionado en ello. Algo irreflexivo y entusiasta. Algo relacionado con el placer de disfrutar de la vida. Es el atrevimiento lo que importa aquí. Es el ímpetu lo que cuenta. Tirar el dinero es sólo un ejemplo. Otras veces será un buen montón de tiempo perdido. Otras, el riesgo de sufrir una lesión absurda. Quién sabe. De lo que hablo es de ese momento en el que te lías la manta a la cabeza y vas con todo. Se trate de lo que se trate. Lo haces y punto. Porque eso es lo que quieres hacer. A veces no hay nada más sensato que mandar a la mierda la sensatez.

Resulta obvio que la vida es algo que, a largo plazo, uno llena con metas. Con objetivos importantes y concretos. Tener un hijo. Construirse una casa. Conseguir un ascenso. Lo que sea. Son horizontes hacia los que uno dirige sus pasos. De acuerdo. Pero en el día a día, la vida consiste precisamente en los pequeños caprichos inútiles e impulsivos. Ya se trate de cometer despilfarros injustificables, exponerse a cometer errores ridículos, asumir riesgos inmaduros o participar en absurdas y voluntarias pérdidas de tiempo. Aunque no sean para tanto. Hay personas que no entienden por qué cogerse un día libre para viajar con tus amigos en coche hasta la playa de A Lanzada y compartir un arroz de marisco y un buen vino y una larga sobremesa bajo el sol de la primavera en una de las terrazas de los alrededores que dan al mar es algo deseable. Personas que lo consideran un desperdicio de tiempo y de dinero. Que lo analizan en clave práctica. Que lo tachan despectivamente de capricho, como si hubiese algo malo en el hecho de serlo. Personas que no entienden qué tiene de agradable algo así.  

Que opinan que si se trata de ir a comer, hay un bar barato debajo de casa. Que si se trata de charlar con los amigos, hay grupos de WhatsApp.

Son esos pequeños caprichos inútiles e impulsivos los que hacen que todo lo demás tenga sentido en el día a día, más allá de las metas y las cosas importantes. Si no puedes concederte algo así de vez en cuando, si no puedes ser alocado y un poco inconsciente a veces, si no eres capaz de exonerarte jamás a ti mismo del deber de ser formal y responsable y austero, si en ese preciso instante no tienes más remedio que detenerte a pensar en las consecuencias y eliges siempre la sobriedad y la moderación y la sensatez, entonces para qué sirve estar vivo. Que alguien me diga para qué sirve entonces la vida, cojones.

Para qué sirve entonces la vida
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