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Pánico en el dentista

HE VUELTO al dentista dos décadas después. La primera —y última— vez que acudí a una clínica dental acababa de cumplir los diecisiete años. No recuerdo qué me hicieron allí dentro, a qué clase de humillantes torturas me sometieron, pero salí de la clínica sin entender cómo nadie en sus cabales podría querer regresar a aquel lugar por voluntad propia. Y es una sensación, la del recelo hacia la odontología y sus circunstancias, que me acompaña desde entonces y se retroalimenta una y otra vez.

Durante los últimos años, desde una perspectiva mucho más madura y menos fantasiosa del mundo, he venido imaginando las clínicas dentales como lugares siniestros, presos de los más sombríos designios, formados por mazmorras injustas y corredores laberínticos de los que nada, ni siquiera los llantos que inquietan el silencio al otro lado de sus muros, puede escapar. El sentido común me ha dictado siempre que en su interior habita el mal, encarnado en individuos de moral deforme y voz cavernosa, cuyas sombras se proyectan y se agrandan en la pared a medida que se encorvan sobre sus víctimas con una sonrisa macabra y, eso sí, perfectamente cuidada.

Cuando la dentista terminó, esperé a que me diera una piruleta por haber sido tan valiente

Pero no he tenido más remedio que regresar al dentista dos décadas después y, gracias a mi portentosa perspicacia, he advertido nada más entrar que me equivocaba en cuanto a la decoración y estructuración de los espacios interiores de las clínicas. Todo está limpio. Todo reluce. Todo está bañado por una afectuosa luz pálida, muy próxima a lo celestial. Un silencio suave se impone a lo largo de sus luminosos y rectísimos pasillos, de los que es muy sencillo escapar. Y además se encontraba allí mi cuñada, que trabaja en la clínica junto con otras personas de lo más amable y cuyo aspecto nada tenía que ver con lo maligno, contra todo pronóstico.
Manuel de LorenzoPero mis miedos, siempre incontenibles, regresaron en cuanto escuché a mi cuñada conversar con la dentista. Yo aguardaba mi turno con la mano alerta en el bolsillo, donde había escondido una ristra de ajos por lo que pudiera pasar, y escuché cómo hablaban sobre la turbina y el micromotor y utilizaban términos como «abrasión» y «pulido». Me pareció cosa de brujería. Arthur C. Clarke sostenía que cualquier tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia. Y la magia es algo que me produce pavor. ¿Pulido? ¿Abrasión? ¿Cómo de potente y, por lo tanto, mortífera era aquella turbina? Me quedé petrificado, pensando en el método tradicional, carente de magias y tecnologías, que consistía en atar tu muela dolorida a una puerta y cerrarla de golpe. ¿Por qué habría de ser necesario sustituir un sistema tan inocente y feliz?

Y recordé un artículo que había leído hacía unos días sobre la radiación de sincotrón. Un equipo de investigadores se disponía a someter los valiosos papiros de Herculano —sepultados bajo la lava del Vesubio hace dos mil años— a esos rayos del demonio. Lo primero que pensé es que se trataba de un puñado de sinvergüenzas. Había que serlo para querer maltratar aquel patrimonio cultural. Sin embargo, en el texto se explicaba que lo único que quería aquella gente era acceder a su contenido sin necesidad de desenrollar los papiros, ya que su estado era tan precario que se rompían en pedacitos.

Para cuando volví en mí, después de comprender que la tecnología no tiene por qué ser perversa ni letal, ya estaba postrado en la camilla de la dentista, con un aparato succionador introducido en la boca y otro que producía un ruido nervioso y estridente, como una canica de cristal friccionando contra otra canica de cristal. Me pareció que aquello acabaría con mis dientes. Que me los tronzaría de cuajo. Podía sentir las astillas de esmalte saltando desde mi boca. Le grité a la dentista con los ojos que parase. No quería perder los dientes. Ni las encías. Ni el maxilar inferior. Ella detuvo la intervención y me tranquilizó: "No le tengas miedo a este aparato, su ruido no se debe a ninguna clase de sierra; son ultrasonidos que destruyen la placa bacteriana , que es la que causa tu dolor de dientes".

Bendita magia. Bendita tecnología. Bastaban unos inofensivos ultrasonidos para evitar atarme las muelas a una puerta. Y ni siquiera me molestaban. Pasé la siguiente hora tan tranquilo, pensando en lo inocuo que resulta a veces todo aquello que la lógica nos muestra como una amenaza. Cuando la dentistas terminó, me incorporé, le di las gracias, esperé a me diera una piruleta por haber sido tan valiente y, finalmente, visto que no había piruleta, me marché.

Y regresé a casa pensando en que lo mínimo habría sido darme una piruleta. Y en que quizá por eso decidí no volver jamás al dentista cuando tenía diecisiete años. Claro que, si entre dentista y piruletas uno elige piruletas, es normal que acabe volviendo al dentista. No sé, cosas del demonio.

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