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Ortigas

Maruxa.
Maruxa.

MaruxaHACE MUCHOS años quise impresionar a una chica. Lo recuerdo porque no ha vuelto a suceder jamás. Fue una de esas decisiones que tomas una tarde cualquiera, a lo loco, cuando tu adolescencia todavía avanza sobre ruedines y eres tan inexperto en la vida que prácticamente ya lo sabes todo.

Ella estaba sentada con sus amigas en la puerta de la casa de sus abuelos, junto al camino que bajaba desde el bosque. Los dos llevábamos coincidiendo todos los veranos en esa aldea desde que éramos unos niños, pero hasta aquel día yo nunca había sentido el impulso primario de contonearme ante sus ojos con las alas desplegadas de par en par y las plumas del pecho hinchadas, como esos pájaros excéntricos de los documentales.

Extrañamente, sabía que me sentiría ridículo comportándome así, pero por alguna razón era incapaz de no hacerlo. Era una sensación parecida a la de ese momento inevitable en el que te abrazas con un desconocido en el estadio justo después de presenciar un golazo de tu equipo. Supongo que ambas cosas, en el fondo, tienen algo que ver con la supervivencia de la especie.

Entre mi idea de la seducción y mi idea de la exhibición apenas había diferencia, así que tracé un plan: si remontaba en bicicleta la cuesta que subía hasta el bosque y después descendía a toda velocidad derrapando ostentosamente delante de las chicas, me convertiría en alguna clase de trofeo codiciable. En mi cabeza, la escena tenía relación con las de aquellas películas que llevaban diez años hechizando a la juventud demedio mundo. Seguramente, alguna de Marty McFly alardeando sobre un monopatín o los tipos de Rebeldes conduciendo su descapotable.

Pedaleé hasta que doblé la primera curva del camino y me interné un poco en el bosque. Allí di media vuelta y me preparé para iniciar mi ritual de cortejo. Ya podía verme triunfando, siendo aclamado por aquella muchacha a la que quería impresionar y recibiendo toda clase de atenciones. Había llegado mi momento. Empecé a descender por el camino y a adquirir cada vez más velocidad. Se trataba de frenar justo delante de ellas y derrapar con determinación. Como nadie había derrapado antes. Ante eso no podía haber corazón femenino que se resistiese.

Fue más o menos en la mitad de la cuesta abajo cuando recordé que mi bicicleta se había quedado sin frenos la tarde anterior. En la rueda delantera no llevaba zapatas y, de las dos que debía haber en la rueda trasera, una había pasado a mejor vida, consiguiendo que en ese instante yo estuviese a merced de las más implacables —y dolorosas— leyes de la física.

Eché los pies al suelo pero resultó inútil. Pasé por delante de las chicas gritando, descendiendo a toda velocidad, intentando en vano recuperar el control de la bicicleta, y desaparecí por el pequeño barranco que había al final del camino, en cuyo fondo, tres o cuatro metros más abajo, se hallaba un profundo y precioso mar de ortigas. Es curioso lo mucho que pueden llegar a escocer las ortigas cuando cubren la casi totalidad de tu piel. Cuando prácticamente buceas en ellas. Aprovecho para comentar que era verano y sólo vestía un pantaloncito corto. Nada más.

Tardé algún tiempo en recuperarme de aquello, pero me sirvió para entender que no sirve demucho esforzarse por aparentar ser quien no se es o intentar impresionar a los demás con alardes que no tienen nada que ver con la personalidad y las circunstancias de uno mismo. Sin embargo, resulta curioso cómo, a pesar de ello, a menudo descubrimos nuevas relaciones sociales, laborales, económicas o familiares que se construyen sobre la base de un tipo que hincha sus plumas y se pavonea mientras, a su alrededor, todos los demás hacen exactamente lo contrario. Dónde están las ortigas cuando se las necesita.

Poco después, por casualidad, volví a pasar con la bicicleta por delante de las chicas, pero en esta ocasión decidí que no haría el capullo. Había aprendido la lección. Tomaría la curva tranquilamente y me alejaría con mi orgullo intacto, que era mucho más que lo que había logrado la vez anterior. No obstante, como soy medio idiota e iba pensando en estas cosas en lugar de atender al camino, me tropecé con una roca, salí despedido de la bicicleta y terminé cayendo otra vez al barranco lleno de ortigas.

Puede parecer extraño, pero a la chica a la que había intentado impresionar la anterior vez le pareció enternecedora mi torpeza. Cuando me recuperé del golpe vino a hablar conmigo y aquella misma tarde nos hicimos novios. Con carácter oficial.

A nuestra edad ninguno de los dos sabía exactamente en qué consistía aquello de 'salir juntos', así que dedicamos el resto del verano a ir por ahí paseando de la mano. Maldita sea... Con lo que me gustaba a mí pasar las tardes en el bosque con la bici y después bajar derrapando.

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