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Odio el 2021

A VECES UNA llamada de teléfono es un disparo al aire en la línea de salida. Cuelgas y de repente toda tu vida sale corriendo contigo a rastras, como si participases en una carrera frenética donde los acontecimientos te van dejando atrás mientras compiten por batir un récord de velocidad. Tú intentas coger las riendas de tus circunstancias pero no eres capaz. Todo sucede demasiado rápido. Los hechos te adelantan. No hay forma de echarle el freno a un mundo que parece galopar descontrolado y que en ocasiones mantiene el rumbo a favor, pero otras veces hace exactamente lo contrario.

El disparo al aire se produjo el 31 de diciembre. El teléfono sonó después de comer y la llamada activó una cascada de acontecimientos que comenzaban allí mismo, cuando salí corriendo hacia el coche para cruzar la ciudad de camino a Urgencias, donde una ambulancia acababa de dejar a mi madre. La última tarde del año, poblada de enfermeros, pacientes y camillas, transcurrió de forma extraña en el interior de una sala de espera en la que mi hermano y yo compartimos silencios e incertidumbres durante horas. Finalmente, alguien decidió que mi madre se debía quedar ingresada varios días. Pensé que el 2020 se empeñaba en terminar a trompicones, pero era 2021 el que acababa de comenzar.

La primera semana de enero tuvo forma de embudo. Las niñas en casa, mi madre en el hospital y la agenda repleta de compromisos laborales. Me refiero a la sensación asfixiante de que el día avanza mucho más rápido que tú. Mi madre recibió el alta poco tiempo después y pude aprovechar para salir un momento a la superficie a hacer una pausa y respirar, pero la realidad me agarró por una pierna y volvió a arrastrarme hasta el fondo. Otra vez una llamada de teléfono. Otra vez la misma voz. Mi madre había sufrido una recaída y regresaba al hospital. Pero esta vez no era como la anterior: era mucho peor. Y el trabajo por hacer. Y las niñas en casa. Y esa frustración tan familiar al intentar coger las riendas de las circunstancias y comprender que no eres capaz.

2021Con la vuelta de las niñas al colegio se redujo la presión y pude ir achicando agua poco a poco, pero para entonces ya había hecho acto de presencia el insomnio, llenando las noches de horas vacías y cansadas, y también el estrés, que es esa forma que tiene la vida de avisarte de que corres el riesgo de descarrilar, igual que ese relieve tan molesto que hay en las líneas de los márgenes de las carreteras. Por suerte, para eso están los momentos de ocio, por breves que sean. Para ajustar un poco el timón. Y bajar a la plaza que hay al lado de casa a tomar una cerveza o un vino antes de cenar se convirtió en un pequeño pero efectivo ritual. Fue entonces cuando la pandemia se volvió todavía más insolente y la hostelería se vio obligada a cerrar a las seis de la tarde. Y allí nos quedamos todos, a las puertas de nuestra vida cotidiana, sin una miserable terraza en la que arrumbarnos un cuarto de hora para desconectar.

Durante esos días vino la nieve. Y el frío. Y los planes cancelados por el confinamiento perimetral. Y las nuevas restricciones. Y más trabajo por hacer y mi madre todavía en el hospital. Parecía que ya nada podría complicar más las cosas, pero una tarde mi hija pequeña se puso a vomitar. Lo hizo una vez y luego otra. Y después otra más. Así hasta diez. Los pediatras decidieron que el riesgo de deshidratación era demasiado elevado y su nivel de azúcar en sangre demasiado bajo, por lo que no les quedaba más remedio que ingresarla. Pero todavía había más: mi mujer comenzó a presentar sus mismos síntomas. Y después de ella, mi otra hija. Y por último yo, que estoy escribiendo esta columna en la habitación del hospital en el que está ingresada mi hija mientras voy y vuelvo al cuarto de baño a meditar.

Hay un meme circulando por ahí, en las redes sociales y en los chats, en el que se ve al 2021 diciéndole al 2020 "sujétame el cubata". En los últimos días de diciembre me llamó mucho la atención la euforia con la que se celebraba la llegada del nuevo año, como si el cambio de página en el calendario supusiese dar un portazo a las desgracias del año anterior. Como si las cosas en 2021 fuesen a ser necesariamente mejores y la pesadilla de la pandemia quedase encapsulada para siempre en un año extinto. Las calamidades no entienden de fechas. No saben qué año es. No se circunscriben a las divisiones que nosotros hacemos del tiempo. Llevamos apenas unos días en el nuevo año y he pensado que este es un momento tan oportuno como otro cualquiera para hacer balance. Y lo único que puedo decir hasta la fecha sobre el 2021 es que lo odio. Con todas mis fuerzas. Lo mejor que podría pasar es que se acabase ya. 

Odio el 2021
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